Inconvenientes de la fortaleza de nuestros bancos

La Voz de Galicia
Sábado, 13 de junio de 2009

Cuando se fueron haciendo visibles en las entidades de crédito de los distintos países los daños patrimoniales que provocó la crisis financiera norteamericana, España se apresuró a anunciar la fortaleza de nuestras entidades. Se dijo entonces, con razón, que nuestro sistema financiero era solvente como consecuencia del correcto funcionamiento del mecanismo de control que ejercía el Banco de España sobre dichas entidades.  Y todavía en fechas muy recientes, concretamente en la sesión del Congreso de los Diputados del 25 de marzo de 2009, el Presidente del Gobierno seguía insistiendo en la mencionada fortaleza de nuestra banca.

Pero esa verdad –que lo es- si bien ha producido la gran ventaja de mantener la indispensable confianza de nuestros ciudadanos sobre el sistema financiero español, no ha dejado de generar algún efecto colateral indeseado que está asfixiando a algunas entidades de crédito. Es cierto que en virtud de las circulares del Banco de España sobre la contabilidad de las entidades de crédito, nuestra banca se ha visto obligada a efectuar un política de dotaciones que han reforzado –y tal vez en una medida que no existe en el sistema financiero de ningún otro país- la solvencia general de nuestra banca. Pero solvencia no es sinónimo de liquidez. Y al anunciar la fortaleza de nuestras entidades de crédito, se pensaba más en su solvencia (contar con activos suficientes) que en la disponibilidad por las distintas entidades de la cantidad de dinero en efectivo indispensable para intermediar ordinariamente en el negocio financiero.

Pues bien, al contrario que en otros países, la anunciada solvencia y fortaleza de nuestro sistema impidió que cada entidad hiciera públicas sus necesidades de liquidez. Lo cual se tradujo en que, mientras en otros países se inyectaban por sus gobiernos –sin  preocuparse de las posibles repercusiones políticas negativas de la medida-, cuantiosas sumas de dinero en los bancos, en el nuestro los fondos públicos nacían con un fin concreto y unos destinatarios predeterminados: ayudar a las pequeñas y medianas empresas y a los particulares, que tuvieran dificultades financieras.

Las consecuencias del anuncio de nuestra fortaleza bancaria y de no haber puesto al descubierto las necesidades de liquidez de cada entidad se están empezando a sentir. Se habla estos días de las inminentes fusiones de ciertas cajas de ahorro por necesidades de liquidez de las que van a ser absorbidas, que, en principio, no tendrían por qué producirse si la fortaleza de nuestro sistema fuera no sólo de solvencia, sino también de liquidez.

Tal vez por todo ello habría sido mejor, sin dejar de presumir sobre la solvencia de nuestro sistema, poner todas las cartas boca arriba y anunciar sin rubor, como hicieron los demás países, que nuestras entidades necesitaban liquidez. En tal caso, el Gobierno podría haber destinado –aún se puede- fondos públicos para mejorar la liquidez de nuestra banca, y posiblemente parte de los mismos acabarían por llegar de verdad a las empresas y a los particulares.

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