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Entrega del premio Julio Camba

jueves, 29 noviembre, 2012

   El día 22 de Noviembre  se celebró  en el centro  cultural  Novacaixagalicia la entrega del premio Julio Camba que fue entregado al abogado y escritor Jose Manuel Otero Lastres.

Se trata del galardón de periodismo que convoca anualmente Novacaixagalicia, que en esta edición recayó  en Otero Lastres por “la sensación de ser como los demás” que fue elegido de entre otros 48 artículos escritos en castellano.

Basuras Modernas

lunes, 8 agosto, 2011
La voz de Galicia
Lunes 8 de Agosto de 2011

L a palabra basura se entendió hasta hace poco en el sentido de «inmundicia, suciedad, y especialmente la que se recoge barriendo». En los últimos tiempos se utiliza también para calificar dos realidades: cierto tipo de comida y determinados programas de televisión.

Aunque puede ser expresiva, la palabra basura nunca debería ser empleada para referirse a la comida. Ni siquiera para denominar a la que es muy poco nutritiva y posiblemente perjudicial por su escaso valor nutricional y su exceso de aditivos. Al servirnos de sustento, la comida debe ser calificada con sumo cuidado, sobre todo si se piensa en que hay países que padecen no ya hambre sino -lo que es inadmisible en el siglo XXI- hambruna. Por muy nociva que pudiera ser para la salud, la comida que ingerimos en el primer mundo no puede en ningún caso ser considerada como inmundicia, y mucho menos aún equiparada con la suciedad que se recoge del suelo. Aunque pueda parecer demagogia, estoy seguro de que la comida que aquí llamamos basura sería recibida en Somalia como digna de gourmet. Es posible que no sea sana en países en los que una buena parte de sus habitantes se han vuelto sedentarios. Pero, en ese caso, llamémosla comida insana en lugar de basura.

La segunda realidad a la que se le aplica la palabra basura es a un determinado tipo de espacios de televisión. Según la Asociación de Usuarios de la Comunicación, «podríamos denominar telebasura a cualquier espacio o parte del mismo, sea cual sea su género (casi siempre magacines y realities, aunque también concursos e incluso debates) en el que se prima el mal gusto, lo escandaloso, el enfrentamiento personal, el insulto y la denigración de los participantes y la agresión a la intimidad (es decir, la invasión de la intimidad de los que participan pero, sobre todo, la imposición a los espectadores de la intimidad de los que participan)».

En este caso, la acepción de basura como «inmundicia, suciedad, y especialmente la que se recoge barriendo» me parece que se queda corta para definir ese tipo de programas de televisión. Afortunadamente, el Diccionario de la RAE prevé, sin embargo, otro significado de la palabra basura que se ajusta perfectamente; a saber: «lo repugnante o despreciable».

Por eso, es preocupante que recientemente dos de esos programas basura, la final de Supervivientes y Sálvame de Luxe, hayan sido vistos, respectivamente, por casi 4,5 millones de telespectadores (el 38,8 %de la cuota de pantalla) y casi 2,2 espectadores (el 23,5 %). La pregunta surge por sí sola: ¿hay tantos españoles que gozan con el mal gusto, lo escandaloso, el enfrentamiento personal, el insulto, la denigración de los participantes y la agresión a la intimidad? Si es así, ¿revela este dato el nivel de formación de una buena parte de nosotros? Los datos demuestran que hay algo que se viene haciendo muy mal desde hace tiempo. La cuestión es si podrá remediarse.

El recuerdo y su paisaje

lunes, 11 julio, 2011
La Voz de Galicia
Domingo 10 de Julio de 2011
Pasamos muchos momentos de la vida en lugares que acaban formando parte de nuestros recuerdos. Si traemos a la memoria las más lejanas remembranzas, comprobaremos que en la mayoría de los casos hay una estancia, unas paredes, un inmueble, un paisaje en el que sucedió el acontecimiento que rescatamos del pasado. Pero el enlace entre el recuerdo y el lugar no tiene para todos la misma intensidad. En esto, los seres humanos reaccionamos de muy distinta manera.

Hay quienes toman el entorno físico como un simple punto de referencia material que completa el marco de la evocación. Para estos es tan intenso en sí mismo el suceso rememorado que los ingredientes de lugar y espacio son tan solo datos accesorios irrelevantes, perfectamente sustituibles por otros. A tales personas, las cosas no les traen recuerdos, sino que son solamente partes accidentales de los mismos. Su relación con todo aquello que no sea el lado sentimental de la vivencia es de distanciamiento, por lo cual pueden regresar sin ningún problema a las paredes en las que se desarrolló el acontecimiento memorizado. Y que conste que esta manera de afrontar los recuerdos no revela, en modo alguno, frialdad. Más bien lo contrario: al centrarse en lo sustancial de lo vivido y dejar de lado lo puramente material, elevan la espiritualidad de sus sentimientos a la máxima intensidad.

Pero hay otras personas para las que las escenas impregnan tanto sus recuerdos que no pueden separar unas de otros. En estos sujetos, la evocación mezcla indisolublemente acontecimiento y lugar, de tal suerte que cada hecho se rememora enmarcado en su concreta localización. Se recuerda, por ejemplo, el primer beso a la persona amada, pero tanto la sensación espiritual producida como el día, hora y lugar en que sucedió. Por eso, las propias cosas son evocadoras de recuerdos y forman parte de ellos como el escenario en la obra teatral.

En este grupo de personas, la reacción ante las cosas portadoras de recuerdos no siempre es la misma. Las hay que, lejos de rehuir, buscan afanosamente el encuentro con los objetos que formaban parte de los sucesos que recuperan de la memoria. De tal suerte que la cosa misma, la estancia, un mueble, una foto, un cuadro, son los hilos para acceder al ovillo en el que descansan enredados los recuerdos. El sujeto que se entrega al sosegado placer de recordar ve en cada cosa un punto de anclaje que le permite bajar la cometa en la que flamea cada una de sus vivencias.

Los hay también que convierten los recuerdos, incluso los buenos, en añoranza. Rememoran porque hacer presente en la memoria lo acaecido es una parte del vivir. Pero rehúsan acercarse a los objetos evocadores de vivencias porque su simple visión desata la intensa melancolía de echar en falta. No es que no se entreguen a recordar, es que lo hacen cuando quieren y no cuando se ven forzados por un objeto-gancho que les obliga a ello y desata en su interior un incontrolable ataque de tristeza.