Impostores y autocríticos

La Voz de Galicia
Domingo, 6 de abril de 2008

De acuerdo con sus significaciones gramaticales, se considera impostor al sujeto que finge o engaña con apariencia de verdad, y autocrítico, al que juzga críticamente, es decir, con severidad, su propio comportamiento. Si se toman ambos significados al pie de la letra, no es desacertado afirmar que todos tenemos más de impostores que de autocríticos. Porque, lejos de juzgarnos con dureza, fingimos, consciente o inconscientemente, ser más de lo que somos y nos esforzamos porque nuestra aumentada imagen tenga apariencia de verdad. En principio, el comportamiento autocrítico debe rendir más beneficios personales, en la medida que induce más a la propia superación que a la autocomplacencia. Pero si esto es cierto también lo es que una actitud excesivamente autocrítica puede llegar a tener efectos negativos si desemboca, como suele suceder, en una visión demasiado pesimista -y, por tanto, desenfocada- de la propia capacidad del sujeto.

Situados ante estos dos comportamientos y, dando por supuesto que tenemos la posibilidad de optar entre uno y otro, parece más aconsejable, al menos desde la óptica de la propia superación, tender hacia la autocrítica que hacia la ligera impostura a la que nos conduce el buen concepto que solemos tener de nosotros mismos. Pero aunque esto es lo que parece más conveniente, tengo para mí que nuestro irrefrenable deseo de estar por encima de los demás, junto con nuestra consustancial autoindulgencia, nos inclinarán más hacia el lado de esa liviana, pero, sin duda, complaciente impostura que hacia una razonable y, por tanto, fructífera autocrítica. Lo que, en cambio, no parece, en modo alguno, admisible es la conducta, cada vez más frecuente en los últimos tiempos, de aquellos sujetos que engañan de manera consciente aparentando ser lo que no son. Me refiero, por ejemplo, a sujetos como el ex gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, que, después de haber sido en su época de fiscal general el azote de la corrupción, admitió su vinculación con una red de prostitución de lujo. O como Max Mosley, todavía presidente de la FIA, del que parece haberse grabado su participación en una orgía con cinco prostitutas en un entorno con simbología nazi. O la más reciente del actual alcalde de Londres, Ken Livingstone, que tuvo que admitir, antes de que lo publicara un periódico, que tiene tres hijos no matrimoniales fruto de su relación con dos compañeras sentimentales.

En estos tres casos, lo censurable desde la óptica de la opinión pública, más que los hechos en sí y que hayan sido ocultados -nadie tiene la obligación de hacerse el haraquiri revelando su vida privada-, es la imagen engañosamente fingida que nos mostraron. Fueron tres verdaderos impostores a los que les habría venido mucho mejor ser algo más autocríticos. Y es que, cuando se tiene una imagen pública, hay que alejarse del todo de la impostura conscientemente engañosa.

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