El sentimiento del amor

La Voz de Galicia
Domingo, 23 de marzo de 2008

En una primera aproximación se puede afirmar que el amor es un sentimiento que experimentan todos los seres humanos a lo largo de su vida, y que, aunque cada uno sabe en su fuero interno lo que es, casi ninguno sabría definir Hasta tal punto es esto cierto que la simple lectura de la primera acepción de amor que figura en nuestro Diccionario de la Lengua revela lo difícil que lo tuvo su redactor: «Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra  persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido. Uniendo a esta palabra la preposición de, indicamos el objeto a que se refiere: amor de Dios, de los hijos, de la gloria; o a la persona que lo siente: amor de padre».

A primera vista puede parecer que decir del amor que consiste en alegrase gozosamente de que se cumpla que el ser o el objeto amado alcance lo que se considera su bien, no es precisar mucho. Pero si se piensa detenidamente, esto es lo más general —y, tal vez, lo único— que se puede decir de todos los tipos de amor. Cualquier otra cosa que se añadiera podría convenir a un tipo de amor, pero no ser en modo alguno predicable de otros. Tal vez eso es lo que explica que el resto de la acepción gramatical más que a añadir nuevos matices para precisar el significado del amor, se dedique a señalar que no hay un solo amor, sino amores, y que el amor es, en definitiva, un sentimiento polimorfo. Y es que, como dice el Diccionario, puede recaer sobre varias realidades (persona, grupo humano o alguna cosa —se echa de menos la referencia a otras realidades, como, por ejemplo, los animales—) y se puede sentir desde tantas posiciones como sean las relaciones del ser humano con todo lo demás que lo rodea (amor de padre, de pareja, de dueño, de amante de la naturaleza, etcétera).

Pero, de todos, el más misterioso es el amor que existe entre los seres humanos. Y no ya por lo inexplicable que parece, por ejemplo, la propia formación de las parejas de enamorados, con lo que tienen de elección recíproca de los dos implicados y la consiguiente exclusión de todos los demás, sino sobre todo por su perdurabilidad más allá de circunstancias en las que se rompe la unión entre el cuerpo y el espíritu, como ocurre con ciertas enfermedades mentales (como el mal de Alzheimer) y hasta con la muerte. Hoy es cada vez mayor el número de personas que han dejado de ser mentalmente lo que fueron, y no por eso se deja de quererlos. Y otro tanto sucede con nuestros muertos: los queremos en el recuerdo. Ni los unos ni los otros han dejado de ser nuestros seres queridos a pesar de que ya les queda muy poco de lo que fueron o nada de lo que han sido. La indescifrable esencia del amor se demuestra, pues, en lo difícil que es aprehender la realidad querida: el estado mentalmente saludable del ser amado no es un elemento decisivo del amor, porque sigue habiéndolo aunque lo que se ame en tal caso sea más bien su pasado.

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