Vientos de prudencia

La Voz de Galicia

No hay que ser muy perspicaz para caer en la cuenta de que los actuales son tiempos difíciles. Lo son en general para todos, aunque es verdad que la crisis está golpeando más severamente a los que menos tienen. La pobreza lleva tiempo sobrevolando en círculo sobre un sector cada vez más amplio de ciudadanos españoles. Sobre muchos ya ha hecho caídas en picado, convirtiéndolos en presas desesperadas que no pueden soltarse de sus garras. Y si una parte de ellos todavía no se ha rendido no es por el socorro que perciben del pomposamente llamado Estado del bienestar, sino porque hay muchas almas caritativas que comparten lo que tienen con los necesitados: virtuosos, como dijo Quevedo, que «siembran en los pobres siguiendo la agricultura de la limosna».

Pero que en nuestros tiempos sea tan necesaria la caridad no deja de ser una anomalía. Es cierto que siempre habrá a quién socorrer, pero es un fracaso político inadmisible que una parte cada vez mayor de los ciudadanos tenga que satisfacer sus necesidades vitales recurriendo al subsidio de organizaciones y personas privadas dedicadas a ayudar a los más necesitados. Los pobres, por no tener, no tienen quien les escriba, salvo para decirles lindezas como «me hago pobre no porque no tengo mucho, sino porque no me contento con poco».

Tenemos que conseguir que el crecimiento económico y el consiguiente descenso del paro permitan que el Estado refuerce las políticas sociales hasta poder liberar parcial y progresivamente a esas instituciones benéficas de la enorme carga que soportan. Estoy seguro de que son tan conscientes de la importancia de su labor que ni siquiera se quejan. Pero hay que volver a la situación en la que la asistencia social que proporcionaban se limitaba a suplir a la del Estado en el territorio abandonado de los herederos de la nada.

Las necesidades son grandes y urgentes, pero las medidas a tomar tienen que ser meditadas y certeras. Como dijo Tucídides, «para el gobierno son mejores los ingenios tardos y moderados que los agudísimos y veloces». Es verdad que una buena parte de lo que tenemos que hacer ya nos ha sido indicado por la Unión Europea y los demás organismos internacionales, por lo que queda poco margen para la improvisación.

Pero como es tiempo de reformas que nos van a afectar a casi todos, no está de más reclamar que se desplieguen las velas del cambio hacia los vientos de la prudencia. Estamos en plena tempestad, pero no podemos dejar de cruzar el mar, porque de lo contrario naufragamos. No es momento de maniobras audaces, ni tiempos para la temeridad. Tenemos que capear la tormenta, ponernos al abrigo del viento huracanado de la crisis.

Y para todo ello hay que pertrecharse con el coraje de la prudencia. Porque como también escribió Quevedo, «el prudente sabe juntar muchas conjeturas de cosas para sacar un juicio cierto». El acierto del próximo Gobierno es el acierto de todos.

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