Verificadores, calificadores y otros augures

La Voz de Galicia
Sábado, 12 de septiembre de 2009

En la antigua Roma existían unos sujetos cuya actividad habitual consistía en hacer presagios a requerimientos de los poderosos. Eran los arúspices y augures, quienes revestidos de ciertos supuestos poderes de adivinación y tras observar las más diversas señales (fenómenos atmosféricos, entrañas de animales sacrificados, gritos y vuelos de aves, etc.), hacían predicciones sobre sucesos futuros e inciertos. El hecho mismo de que se tenga noticia fehaciente de su existencia es un indicio de que no les debieron ir demasiado mal las cosas, por mucho que hoy pueda resultarnos increíble que con tales métodos de trabajo se les otorgara la más mínima fiabilidad.

La necesidad de recibir predicciones sobre el futuro debe ser inherente a la propia condición humana, porque solo de este modo puede explicarse que haya habido desde siempre sujetos dedicados profesionalmente a hacer pronósticos sobre lo que deparará el provenir. Sin embargo, en los tiempos modernos, han proliferado ciertos tipos de pronosticadores que, a pesar de no recurrir a señales tan extravagantes como las de los augures y arúspices, hacen previsiones con tan escaso acierto como éstos. Me refiero, especialmente a los “verificadores”, a los “calificadores financieros” y a ciertos políticos.

Los “verificadores” más conocidos fueron, sin duda, los que, como consecuencia de las distintas Resoluciones de la ONU, tuvieron como misión verificar si Irak seguía contando o no con armas de destrucción masiva. Lo que sucedió es conocido por todos: tras múltiples viajes de los verificadores a Irak, se inició una guerra contra este país porque no llegó a destruir dichas armas, sin que posteriormente hubiera llegado a demostrarse que las tenía. Todo lo cual convirtió la actuación de estos sujetos, más que en una comprobación de la verdad, en un vaticinio: conjeturaron que no se había destruido algo que no se llegó a probar que existiera.

Los “calificadores financieros” son, como es sabido, entidades independientes que tienen por finalidad calificar la solvencia de los emisores de activos financieros y la calidad de las emisiones. Para lo cual se basan principalmente la capacidad del emisor para afrontar el pago de los rendimientos periódicos de las mismas y la amortización de su principal. Son las famosas agencias de “rating”. Pues bien, todos conocemos también los recientes y estrepitosos fracasos de estas agencias que calificaron de muy solventes a entidades y emisiones que desembocaron en gigantescas estafas. Nuevamente, se ve en esta actividad más una adivinación de lo que deberían ser esas entidades y sus emisiones, que la auténtica comprobación de lo que realmente eran.

Últimamente, y como consecuencia de la crisis económica, algunos de nuestros políticos están dedicados frenéticamente a hacer de augures, vaticinando, desde hace tiempo, que saldremos pronto de ella. La reiteración en el pronóstico permite afirmar con seguridad que alguna vez acertarán. Pero lo que importa es cuánto va a durar.

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