Un prefesor de francés

La Voz de Galicia
Jueves, 24 de enero de 2002

A medida que una persona de mediana edad va acumulando, con el paso del tiempo, vivencias y recuerdos, le suele interesar más el pasado reciente que el de sus primeros años. Tiene presente lo que acaba de suceder y apenas trae a la memoria lo ocurrido en los primeros peldaños de la escalera de su vida. Pero hay sucesos que hacen volver la vista atrás, iluminando una etapa lejana de nuestro existir, que hasta entonces permanecía en la oscuridad del olvido. Se nos hacen presentes así momentos ya vividos, que volvemos a ver,  no con los ojos limpios y vacíos del ayer, sino con los ojos cansados, pero repletos de experiencia, con los que miramos hoy las cosas.

Esto es lo que me ha sucedido al conocer el reciente fallecimiento de mi profesor de francés del bachillerato. Antes, había fallecido algún otro profesor, pero la noticia de su muerte no había alterado demasiado mi quehacer diario: los recordé con cariño y les agradecí genéricamente lo que me habían enseñado. No hubo nada más, porque uno siente lo que siente y no lo que debe sentir.

En cambio, la noticia de la muerte de Don José Quintero me impresionó más hondamente. Me hizo recordar algunos momentos de mi época de estudiante de bachillerato en el Colegio Salesiano, entre la segunda la mitad de la década de los cincuenta y la primera de los sesenta. El tiempo transcurrido desde entonces hasta hoy, y mi manera actual de ver las cosas, hacen que hoy pueda valorar mucho mejor lo que le debo.

No puedo opinar sobre su persona, porque carezco de datos para ello. Mi relación personal con él no fue más allá de las horas de clase y de alguna otra conversación, generalmente en grupo, fuera de aquéllas. Por eso, han sido otros, mucho más cercanos a él, los que han escrito sobre sus cualidades personales. Yo de lo que quiero dejar testimonio es de cómo ejerció su profesión.

Don José Quintero fue nada menos que un magnífico Profesor. Nos enseñó francés con un método propio que, con los criterios de hoy a lo mejor no era ortodoxo, pero que, a la vista de sus resultados, he de considerarlo como sumamente acertado. Recuerdo la gran importancia que daba al vocabulario. Nos hacía aprender un amplísimo vocabulario en la doble dirección, francés- español y español-francés. Comenzaba por el primer pupitre de una hilera, decía una palabra en francés o en español, y el alumno al que le tocaba responder tenía que decir inmediatamente su significado en el otro idioma. Si algún alumno se quedaba callado, el turno pasaba al siguiente y así podíamos estar haciendo rondas hasta que llegaba el final de la clase. Otras clases las dedicaba a la lectura del francés. Recuerdo que él tenía, lo que entonces me parecía, y lo sigo creyendo hoy, una magnífica pronunciación. Desconozco donde la adquirió, seguramente en Francia, porque no desmerecía en nada a la de muchos expertos a los que tuve ocasión de oír a lo largo de mi vida. Cuando no leíamos bien, nos corregía, exagerando la inflexión y el tono de su voz, deletreando lentamente lo que resultaba más difícil de pronunciar, e insistiendo en los sonidos nasales tan propios de esa lengua. Como recordaba hace poco mi compañero de curso Cristino Álvarez, no dejaba de repetirnos “Il faut faire la liaison”.

El resultado de todo ello es que, siendo un alumno medio, adquirí en el bachillerato un nivel de francés que me sirvió para el resto de mi vida. Me fue tan útil todo lo que me enseñó que, como recordaba hace poco Ezequiel Pérez Montes, después de acabar la carrera de Derecho, pude hacer, con el francés del bachillerato, mi tesis doctoral sobre un tema de Derecho francés, sin necesidad de tener que volver a recordar dicho idioma.

Durante la realización de la tesis, pensé en bastantes ocasiones en mi profesor de francés, sobre todo cuando lograba entender una frase enrevesada. Pero nunca lo llamé para decirle lo muy agradecido que le estaba. Podría consolarme ahora pensando que no le iba a decir nada nuevo, que él sabía que todos sus alumnos teníamos un buen nivel de francés. Pero no es verdad. No tengo ninguna disculpa. Tenía que haberlo llamado, aunque solo fuera para decirle que era todo un Profesor: una persona que ejercía con gran maestría y enorme eficacia la enseñanza de una lengua. Es triste haber cometido el imperdonable error de no haberle hecho  llegar mi más alto reconocimiento por su labor. Mucho más, siendo yo profesor y sabiendo cómo gusta eso. Pero, al menos, espero que estas líneas, escritas con motivo de su desaparición, sirvan para rendir mi particular homenaje de admiración y de agradecimiento a un excelente profesor de francés. Confío en que me perdone por no haberle dicho lo que en justicia se merecía

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