Tres imágenes desde el avión

La Voz de Galicia
Domingo, 12 de marzo de 2006

Por lo general, contemplamos sin apenas entusiasmo las maravillas de la naturaleza que nos rodea. Desconozco si nuestra falta de sensibilidad es debida al ritmo vertiginoso de la vida actual, que nos hace ver desenfocadas y borrosas las imágenes de nuestro entorno, o si es que, acostumbrados al prodigio de lo que se ofrece diariamente a nuestros ojos, vamos por la vida mirando con ellos tapados como si estuviéramos cansados de tanta belleza.

Pero hay veces que resulta muy difícil no rendirse ante las imágenes que se nos presentan. Y mucho más si se tiene el privilegio de que ello suceda por tres veces en un corto espacio de tiempo. Las tres imágenes que voy a tratar de describir -y espero que mi torpeza sea subsanada por la fecunda imaginación del lector- las contemplé en un reciente viaje de regreso desde Managua.

La primera visión tuvo lugar en el vuelo entre Managua y San José de Costa Rica. El avión era un bimotor de hélice de la compañía Lacsa, que volaba a unos diez mil pies de altura entre nubes cargadas de lluvia y claros de cielo azul. Me asignaron un asiento en una de las ventanas de la parte izquierda del avión y cuando nos aproximábamos a San José, hubo un momento en el que por encima del avión salió el sol, al tiempo que por debajo se veía un mar algodonoso de nubes grises. Pues bien, al mirar hacia abajo pude ver, durante unos segundos, una imagen bellísima y que hasta entonces jamás había contemplado: proyectado sobre las nubes había un círculo formado por los colores del arco iris, en cuyo interior aparecía la sombra del avión. Al comentárselo al comandante del Airbus 340 de Iberia que volaba desde San José a Madrid me dijo que ese fenómeno de luz sucedía con muy poca frecuencia y que le llamaban el halo del aviador.

Las otras dos imágenes se presentaron en este último vuelo. El modelo del Airbus era un 340-600, una de cuyas novedades respecto de los otros Airbus 340 es que lleva una cámara en lo alto de la cola del avión que es activada en los despegues y en los aterrizajes. Salimos de San José entrada ya la noche, y como el aeropuerto está situado en una llanura repleta de pequeñas viviendas, la imagen que ofrecía la cámara del avión era la sombra de un inmenso pájaro con las alas abiertas que sobrevolaba un campo sembrado de minúsculos puntos de luz. La impresión que me produjo la imagen fue la del vuelo de un águila muy grande que me pareció más protectora que rapaz.

Por si todo lo que había visto no fuera suficiente para no olvidar el viaje, todavía hubo una última imagen que me hizo disfrutar de todos mis sentidos. Fue en pleno descenso del avión, cuando nos aproximábamos a Barajas. Al activarse la cámara de la cola del avión para el aterrizaje, además de divisarse el suelo nevado, se veía cómo penetraba el avión entre las nubes, que rompían contra el morro y las alas del Airbus deshaciéndose en múltiples gotas de espuma como las olas del mar al chocar contra las rocas.

Al enriquecimiento que ya supone el hecho mismo de viajar, se sumaron, en este caso, estos tres regalos que me hizo la naturaleza. Y lo menos que podía hacer era compartirlos.

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