Tiempos propicios para los nuevos Farel

La Voz de Galicia
Domingo, 7 de octubre de 2007

Durante la transición democrática prendió en el pueblo español la idea de iniciar una nueva etapa de convivencia pacífica cimentada en los valores de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Por fortuna, hubo entonces entre nosotros grandes personalidades que supieron encauzar y dirigir estos valores, logrando plasmarlos en la Constitución de 1978, bajo cuya vigencia hemos vivido el período más fructífero de nuestra reciente historia.

A pesar del tiempo transcurrido, se puede afirmar que siguen vigentes los ideales de aquella generación que hizo la transición democrática. Pero si esto es cierto, también lo es que entre los españoles de hoy hay muchos que no pudieron vivir aquellos tiempos porque nacieron durante la vigencia de nuestra norma fundamental. No debe extrañar que la gran mayoría de nosotros, unos por la inevitable erosión que produce el paso del tiempo en toda ilusión y otros porque nunca han sentido la falta de libertad, asistamos atónitos y acobardados a los reiterados ataques que una minúscula pero activa minoría viene lanzando desde hace poco tiempo contra los pilares en los que se asienta nuestro sistema constitucional. Ataques que, lejos de ser casuales o irreflexivos, responden a una estrategia de agitación perfectamente planificada, cuyo objetivo último es destruir la unidad de España.

Si se vuelve la vista atrás, se puede comprobar que en apenas 30 años hemos pasado de unos tiempos ilusionantes en los que se construyó un Estado social y democrático de derecho, basado en la indisoluble unidad de la nación española, pero reconociendo y garantizando el derecho a la autonomía de las distintas nacionalidades y regiones (artículos 1 y 2 de la Constitución), a los desconcertantes tiempos actuales, en los que las presiones incesantes de algunas autonomías intentan diluir esa indisoluble unidad de la nación española proclamada como el valor fundamental de nuestra Constitución.

Todo parece indicar que, pasados esos 30 años, los nacionalistas excluyentes piensan que ya ha llegado la época de recoger la siembra que comenzaron a plantar, paulatina pero incesantemente, desde el inicio mismo de la transición democrática. Con una desvergonzada deslealtad constitucional, y ante la incomprensible pasividad de los demás gobernantes, tales nacionalistas usaron la libertad que les garantizaba la propia Constitución para ir adoctrinando a las nuevas generaciones en la idea de «pueblo sometido» que solo puede redimirse por medio de la secesión. Por eso, los tiempos actuales son propicios para los sujetos que, como hizo en su día Guillaume Farel en Ginebra con el catolicismo, asumen fanáticamente la misión de agitar y destruir el edificio constitucional que con tanta generosidad y esfuerzo ha levantado el pueblo español.

Si, como escribió Stefan Zweig, «para el portador de una idea, solo representa un peligro verdadero el hombre que se opone a él con un pensamiento diferente», los que pertenecemos a la mayoría deberíamos responder a las intimidaciones de esos grupúsculos minoritarios oponiéndoles un pensamiento diferente: el pensamiento constitucional.

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