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La dura profesión de vivir

jueves, 1 noviembre, 2012
ABC- La Tercera

Profesión significa “empleo, facultad u oficio que una persona tiene y ejerce con derecho a retribución”. Y “oficio” quiere decir “ocupación habitual”. Por su parte, “vivir” es tener vida y durar con ella. Pues bien, a poco que se piense en qué consiste el hecho de vivir, más de uno llegará a la conclusión de que tiene mucho de profesión, ya que mantener la vida es nuestro empleo principal y si lo desempeñamos correctamente obtendremos la correspondiente retribución.

Es verdad que la vida no se elige, nos la imponen; y lo es también que vivir plenamente es una tarea ardua y dura, incluso para los más privilegiados, en la que se necesitan grandes dosis de valor. Pero no lo es menos que, desde que tomamos conciencia del hecho de vivir, iniciamos un camino, más o menos largo, en el que todas nuestras facultades están dirigidas a conservar la vida el mayor tiempo posible y en las mejores condiciones que podamos alcanzar. Aunque la vida es nuestra ocupación esencial, hacemos algo más que vivir. La gran mayoría de nosotros tenemos que desarrollar alguna actividad para poder obtener la manera de sustentarnos. Pero, por muy importantes que parezcan, el trabajo y nuestros demás quehaceres no son más que la sombra del hecho de vivir. Porque así como sin objeto que intercepte los rayos del sol no hay sombra, sin vida no hay ocupación esencial a la que dedicarse.

Ahora bien, aunque vivir es nuestro oficio principal, no está tan claro que todos recibamos la misma retribución por dedicarnos a ello. Depende mucho de cómo se desenvuelva nuestra existencia. Permítanme que lo explique con ayuda de la siguiente metáfora: imaginen que al nacer nos colgaran a cada uno de nosotros una bolsa para que se fuera llenando con todo lo que queramos meter en ella y con todo lo que nos introduzcan los demás. Pues bien, la retribución que llegaremos a obtener por ejercer el oficio de vivir dependerá de lo que haya en la bolsa; o, dicho de otro modo, de cómo vivamos nuestra propia vida, tanto la interior, como la externa.

En efecto, la retribución de la vida interior depende en gran medida de nosotros mismos: será tan rica como sea la acumulación que vayamos haciendo en nuestra alma de bienes espirituales y culturales. Las cosas son distintas en el ámbito externo. En esta dimensión, la vida es una especie de balance de dos columnas: en el debe se nos irán cargando los errores y fallos que hayamos tenido con los demás, y en el haber se irán anotando nuestros aciertos afectivos con ellos.

Durante los primeros años, nos van metiendo en nuestra bolsa mucho más de lo que nosotros introducimos en las de los otros. Y todo lo que nos dan en ese tiempo es bueno. Nuestros allegados van llenando nuestro pequeño morral con bienes materiales, como nuestras primeras pertenencias (el chupete, el sonajero, los juguetes, etc), pero, sobre todo, con los bienes espirituales más valiosos como el amor y la ternura. Nosotros, en cambio, en esa etapa, que es la de nuestro mayor egoísmo, les damos poco: apenas alguna sonrisa y la satisfacción que les produce cada una de las cosas que vamos aprendiendo (hablar, andar, etc.).

La edad adulta es el momento decisivo para configurar el contenido de nuestra bolsa. Porque, en general, se irá colmando no solo con lo que nosotros vayamos metiendo, sino también con todo lo que nos vayan introduciendo los terceros con los que nos relacionamos: nos corresponderán entregándonos más o menos lo mismo que han ido recibiendo de nosotros. Lo malo es que en el momento de máxima plenitud de nuestra vida solemos prestar poca atención a lo que damos, y en la vorágine de la dura profesión que es vivir tampoco somos muy conscientes de lo que vamos recibiendo.

Al llegar a la madurez toca hacer balance, hay que abrir la bolsa para ver lo que hay en ella, y es entonces cuando comienzan las sorpresas. Hay quienes sólo encuentran odio, porque eso fue lo que hicieron sentir a los demás. Y aunque el odio no se ve, lo notan, porque sale de su saco un aire fétido y corrompido que es irrespirable y acaba por asfixiarlos. Los hay que solo han metido bienes materiales, porque eso fue lo que más les preocupó a lo largo de su vida. A éstos, las cosas que han acumulado les valen de poco, porque, como son inánimes, no hacen compañía, no se puede hablar con ellas, y no pueden contagiar lo que no tienen: vida, que es lo que más se necesita en ese momento. No recibirán, pues, más satisfacción que el bienestar material que puedan proporcionarle.

En cambio, los que durante su vida han ido haciendo el bien a los demás, comprobarán al abrir su bolsa que está llena de afecto. Y aunque éste tampoco se ve, se nota de inmediato porque del amor y cariño emana un efluvio tan puro y saludable que invita a respirarlo a bocanadas. Por eso, el que tiene su bolsa rebosante de afectos, que son –correspondidos- los que él dio a los demás, nunca se ahogará. Vivirá el tiempo que le quede envuelto en una atmósfera oxigenada y radiante plena de sentimientos que lo convencerán de que su modo de actuar en la vida mereció la pena, como lo demuestran el buen recuerdo que dejó en los demás y el cariño que le profesan. Los que tengan la fortuna de tener su bolsa repleta de afectos podrán decir que desempeñaron acertadamente el oficio de vivir y que recibieron por ello la más preciada de las retribuciones: el aprecio de los demás.

 

 

La sociedad de los espíritus obesos

viernes, 20 julio, 2012
 ABC-La Tercera

El hombre se pasa la vida intentando conseguir lo que necesita y lo que cree precisar. Sus apetencias son de todo tipo, pero las primeras que suele satisfacer son las materiales: procura lo indispensable para su sustento. Es verdad que el mantenimiento del cuerpo genera la energía que necesita el espíritu, pero la mente requiere, además, su propio alimento. Desde hace algún tiempo parece, sin embargo, que no estamos nutriendo convenientemente el cuerpo ni el alma.

En el primer mundo, se come, por lo general, mucho más, peor, y con mayor celeridad, de lo que convendría. La vida sedentaria que llevamos hace que cada vez precisemos menos calorías y, en lugar de haber reducido la ingesta, engullimos bastante más de lo que necesitamos. El desacierto es todavía mayor al elegir los alimentos: en vez de una dieta equilibrada, consumimos lo más insano. Y por si todo ello fuera poco, apenas dedicamos tiempo al acto mismo de comer. No es, pues, una casualidad que se hable en nuestros días de “comida basura” y de “comida rápida”, ni tampoco el crecimiento alarmante del número de obesos. Tal vez por eso, y como reacción pendular, hay quienes han entronizado la cultura del cuerpo: una especie de “racismo estético”, según el cual se considera inferior a todo aquel que no entra en los tiránicos cánones de la moderna esbeltez. Lamentablemente, este desvarío fisonómico en el que estamos sumidos no es inocuo: está provocando graves enfermedades, como la anorexia y la bulimia, en las que unas dietas hipocalóricas exageradas y prolongadas, acaban produciendo serios trastornos de la mente, de los que cuesta salir mucho más de lo que se piensa.

Pero no sólo erramos al alimentar el cuerpo, nos estamos equivocando también con el espíritu. Vargas Llosa sostiene que en nuestros días los intelectuales escriben para entretener, no para dar respuesta a las grandes preguntas que se viene haciendo el hombre desde sus orígenes. Lo cual ha desembocado, en su opinión, en una especie de banalización de la cultura en la que falta compromiso. Si el nutriente intelectual de las clases más ilustradas es la cultura banalizada, no hace falta ser muy perspicaz para intuir que el de las personas menos instruidas es, sencillamente, “basura mental”. El periodismo de escándalo, sobre todo el televisivo y el de las revistas del corazón, -añade el Premio Nobel- está haciendo un daño enorme, porque, al influir en la manera de ser y de pensar de capas muy extensas del público, se ha convertido en el principal instrumento de difusión de la que él denomina “la civilización del espectáculo”.

Este sórdido mundo del “cotilleo”, en el que los reporteros, convertidos en protagonistas, debaten teatralmente sobre aspectos intrascendentes de la vida irrelevante de personas conocidas (sin valoración alguna sobre la razón por la que lo son), se ha convertido en la pitanza preferida de una parte de la sociedad a la que le está produciendo una nefasta “obesidad espiritual”. El espíritu del público se está envenenando poco a poco con esta bazofia intelectual que ingiere en dosis perniciosas, haciendo que aumente imparablemente el número de los adictos al chismorreo. Cada vez es mayor el número de los que prefieren la actitud pasiva de sentarse a oír hablar de otros –y a poder ser mal- que hacer el esfuerzo de alimentar su espíritu con ideas y pensamientos ajenos.

A esta adiposidad espiritual contribuye la progresiva e imparable “dinerización” de la vida moderna. Es tal la concentración del poder en unas pocas manos que el servilismo imperante en nuestros días supera, aunque pueda parecer mentira, al que existía durante el feudalismo. Hoy el poder económico y político ofrece prebendas y protección a cambio de la ciega adhesión a los dictados del que manda. Y es tanto lo que puede dar el poder –y tan poco lo que queda fuera- que no son pocos los que prefieren recibir las dádivas del poderoso a defender en las afueras del sistema las propias ideas divergentes con el pensamiento único. Lo peor de todo es que este moderno servilismo está acabando poco a poco con un valor tan relevante de la persona como es la dignidad.

Lo que antecede es especialmente visible en el mundo de la creatividad. El creador actual ya no es un bohemio que persigue la inmortalidad y la gloria. Ha visto que las obras del espíritu dan para vivir -y bien- a los que pululan al alrededor del poder y traspasan sin remordimientos la frontera de la comercialidad. Este untamiento del intelecto ha llegado a todos los ámbitos de las bellas artes, desde la literatura al cine pasando por la pintura y la escultura. Lo que importa es estar a bien con el poder que es el que compra y subvenciona. Eso explica el abandono del compromiso –siempre incómodo para el poder- y su sustitución por el entretenimiento al que se refiere Vargas Llosa.

La creciente adiposidad que envuelve nuestros espíritus ha desatado también una irrefrenable tendencia al consumo de bienes materiales. Desde que nacemos, se nos incita a acumular. Cuando somos pequeños, cosas para jugar; y cuando vamos creciendo, bienes para usar y consumir. Pero nada se regala: se obtienen a cambio de dinero que tenemos que canjear previamente por tiempo libre. La vida se vuelve entonces un completo sinsentido y en ese clima no es extraño que se haya originado una nueva pobreza que consiste no tanto en la escasez de bienes, cuanto en la falta de tiempo para cuidar nuestra alma y para ayudar a curar la de los demás. La sociedad de consumo ha generado unos nuevos pordioseros que ya no mendigan bienes materiales, sino tiempo: limosnean unos minutos para que los escuchen. Pero nosotros preferimos malgastar el tiempo en obtener dinero para consumir que darlo como “limosna” a los modernos “mendigos de tiempo”.

No sé a quién corresponde la ciclópea tarea de acabar con la obesidad asfixiante que atenaza nuestros espíritus. Estas líneas, a modo de lámpara de Diógenes prendida a la luz del día, no buscan hombres justos, sino intelectuales que asuman el compromiso de engendrar pensamientos críticos que instruyan, enriquezcan y alimenten sanamente los espíritus.

José Manuel Otero Lastres