Sociedad civil, clase política y electoralismo

La Voz de Galicia
Domingo, 1 de agosto de 2010

No exagero al afirmar que hoy es mucho más reconfortante el estado de la sociedad civil española que el de nuestra clase política. Es verdad que cuanto mejor es la clase dirigente de un país mayores son las posibilidades de dinamizar su vida económica y social. Pero también lo es que una vez que la sociedad civil llega a un determinado nivel de desarrollo, la clase política por muy bajo que sea su nivel no es capaz de acabar con el vigor y la fortaleza de aquélla.

No son pocas las grandes empresas españolas que han adquirido en los últimos años una importante dimensión multinacional, hasta el punto de convertirse en líderes de su sector en otros países. Piénsese, por ejemplo, en Inditex, en Telefónica, en el Banco de Santander, en el BBVA, en Ibedrola, en ACS, en Repsol, o en Indra, por citar solamente algunas. Lo mismo puede decirse de nuestros científicos e investigadores: cada vez son más las noticias de científicos españoles, no necesariamente integrados en equipos de investigación extranjeros, que logran importantes avances en sectores como la biotecnología, la lucha contra el cáncer, los transplantes de órganos, entre otros. Y si de las empresas pasamos al mundo del deporte, los éxitos de nuestros deportistas –y en la mente de todos están los de este mágico mes de julio de 2010- demuestran el altísimo nivel de nuestro deporte profesional en comparación con el de otros países más desarrollados.

Las cosas son, en cambio, radicalmente diferentes en nuestra clase política. Salvando honrosas excepciones, que las hay y muy relevantes, el nivel general de los políticos actuales es tan bajo que, por primera vez en nuestra reciente historia, la propia clase política se ha convertido en la tercera de las principales preocupaciones de los ciudadanos, solo por detrás del paro y de la situación económica. Las causas de esta caída en picado del nivel de los actuales políticos pueden ser muchas, pero creo que pueden resumirse en una sola: la actividad política es actualmente una profesión. Lo cual lleva inevitablemente a pensar que, por lo general, lejos de servir al interés general de los ciudadanos, los políticos defienden su propio interés, que es, dicho con toda crudeza, no perder su puesto de trabajo, porque no tienen otro.

Por eso, en nuestros días prima sobre todo el electoralismo: la clase política ya no lidera, ya no está a la vanguardia del cambio social, sino que gobierna con un objetivo cortoplacistas: mantenerse en el poder cueste lo que cueste (porque si no se acaba el empleo para los del partido) para lo cual no se pueden perder votos. De tal modo que, en lugar de enfrentarse con lo que exige el interés general, por duro que pueda parecer, se aplazan las reformas y se sigue cargando al Estado con gastos injustificables. Por la misma razón, se trata de manera desigual a las Comunidades Autónomas, favoreciendo descaradamente a las que tienen más diputados, aunque sean las mejor dotadas, y negando el pan y la sal a las que tienen menos interés electoral, aunque sean las más necesitadas.

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