Si emocionan, ¿por qué ocultarlo?

La Voz de Galicia
Sábado, 7 de agosto de 2010

En los últimos días, hemos visto en bastantes ocasiones ondear la bandera española y oído el himno nacional en honor a nuestros deportistas. Es un acto que tiene un doble significado: honrar al ganador por su gesta y rodearlo con los símbolos de la nación a la que representa. Dicho acto protocolario, además de emocionar a los homenajeados, conmueve el espíritu de no pocos de los que lo contemplan. A la admiración por el triunfador, añaden los espectadores una buena dosis de orgullo personal por ser de la misma nación que él. De tal suerte que la hazaña viene a ser un poco de todos: ganamos un mundial o logramos ocho medallas, solemos decir.

En los países que aceptan su historia, y que no se desgastan en  cuestiones identitarias internas, se toma la cuestión de los símbolos nacionales con absoluta naturalidad. El uso de la bandera oficial no tiene más significado que el general de hacer patente el orgullo de su pertenencia a la nación. Y el canto del himno, aunque tenga una letra que alude a gestas pasadas, supone el hermanamiento con los conciudadanos que son herederos de una misma historia. No se conciben, pues, apropiaciones partidistas de lo que es un bien común.

En España, las cosas son diferentes. Las minorías nacionalistas excluyentes han logrado poco a poco minar el sentimiento español a través de dos caminos: exaltando sus propios signos identitarios y utilizando una dialéctica lingüista de identificación de lo nacional español con lo fascista. Hasta tal punto han subvertido la realidad, que intentan hacernos creer que lo que existe es un nacionalismo español excluyente. Todo lo cual ha acabado por acobardar a la mayoría silenciosa hasta reprimir sus sentimientos. En esto, la valentía de la mayoría de los ciudadanos se ha dejado comer el terreno por la determinación inquebrantable que suelen mostrar los movimientos identitarios minoritarios.

Las cosas, poco a poco, parece que están volviendo a su cauce. En la mayor parte de España, la juventud no parece identificar los símbolos nacionales con épocas pasadas, sino que los consideran lo que son: las señas de identidad de una gran nación como es España, con muchos siglos de historia a sus espaldas. Y aunque todavía hay regiones en las que los nacionalistas excluyentes han logrado arrumbar los símbolos de la nación española, la euforia colectiva que han generado los recientes éxitos deportivos está haciendo despertar a la mayoría silenciosa, y no son pocos los que en esos lugares de España empiezan a ostentar con orgullo los símbolos nacionales.

Y es que carece de sentido renunciar a ser heredero de todo lo que significa España en la Historia. Hay que sentirse orgullosos de ser paisanos de Valle Inclán, Cela, y Cunqueiro, pero también tan españoles como Cervantes, Quevedo o Calderón de la Barca, por poner un ejemplo.

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