Seguridad alimentaria y pobreza

La Voz de Galicia
Domingo, 1 de marzo de 2009

Cuando uno se enfrenta reiteradamente con un problema muy antiguo que sigue sin estar resuelto, la primera tentación que le asalta es cambiarle el nombre. Esto es lo que parece que ha sucedido recientemente con el problema de la hambruna. En efecto, el pasado martes se clausuró en Madrid la “Reunión de Alto Nivel sobre Seguridad Alimentaria”, organizada por la ONU y el Gobierno español, que con tan rimbombante título versó sobre algo de tan recta y franca expresión como es el hambre en el mundo.

Aunque pueda parecer un sarcasmo, en la carestía de los alimentos básicos característica del hambre, todavía hay grados. Entre los que vivimos en la suficiencia, aunque haya pobreza y hasta hambre, la escasez, precisamente por estar instalada en el primer mundo, tiene un umbral alto: llega hasta el “escaso haber de la gente pobre” (4ª acepción de la palabra pobreza). Pero con este grado de carestía no se muere por falta de alimentos, porque el necesitado siempre encuentra el mínimo preciso para su sustento: las sobras de los que tenemos en exceso. Por eso, la pobreza y el hambre se convierten simplemente en otra anomalía normal de las muchas que tiene nuestra vida: una irregularidad que es soportada por una sociedad que admite, con una frialdad casi inhumana, ver cada día que hay entre los suyos quienes deben mendigar para obtener el sustento.

Pero existen en nuestro planeta lugares en los que sus habitantes carecen del mínimo imprescindible para el sustento de la vida. Razón por la cual, no son pocos lo que se mueren cada día de hambre. Es la pobreza extrema, con la que los habitantes del primer mundo no estamos demasiado familiarizados, porque solo se da en países lejanos, en los cuales, además de carecer en el grado necesario de los recursos indispensables, los pocos que hay están muy mal repartidos.

La gran mayoría de nosotros apenas tiene presente en su vivir diario este hecho vergonzoso y sonrojante para la raza humana de la pobreza extrema: en la citada reunión de Madrid se señaló que “el número total de personas hambrientas en el mundo se aproxima a la cifra intolerable de mil millones”. Pero a la gran mayoría de los indiferentes nos redime una admirable minoría de personas que, bien por motivos religiosos o bien porque sienten lo de cada ser humano –por muy lejos que esté- como si fuera algo propio, se dedica con un esforzado afán, allí mismo o desde cualquier otro lugar, a reducir al máximo posible los fallecimientos por inanición.

España, que ha dado tantas muestras de generosidad a lo largo de su Historia, se ha comprometido a aportar mil millones de euros a lo largo de los próximos cinco años. Mientras tanto, los representantes de los demás países se han limitado a manifestarse “hondamente preocupados” “por la inaceptable situación de inseguridad alimentaria global que afecta a millones de personas”. Y es que mientras al hambre se le llame “inseguridad alimentaria” todo esfuerzo por acabar con ella parece menos urgente.

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