Preocupación mayoritaria y respuesta política

La Voz de Galicia
Jueves, 3 de junio de 2010

A pesar del elevado grado de enfrentamiento del que hacen gala el PSOE y el PP, lo cierto es que han llegado a ponerse de acuerdo en cuestiones de gran trascendencia para el interés general de España. Piénsese en el terrorismo de ETA. Hasta mayo de 2007 ésta era la principal preocupación de los españoles. Sin embargo, según el barómetro del CIS de abril de este año ha descendido hasta al quinto lugar, por detrás de la inmigración. A nadie se le escapa que en la atenuación de esta inquietud ha jugado un papel decisivo el entendimiento entre los citados partidos.

Si en abril de 2010 el paro preocupaba al 79,7 % de los ciudadanos y los problemas de índole económica al 46,8%, no es aventurado pronosticar que la actual sensación de desgobierno en materia económica hará que en las próximas encuestas aumenten tales porcentajes. ¿Qué razón existe entonces para que la clase política no haga con el problema económico algo semejante que con el terrorismo? ¿Por qué no hay un gran pacto sobre las impopulares e imprescindibles medidas que hay que tomar para que podamos salir de la crisis económica?

Aunque a veces parece transmitirse lo contrario, la responsabilidad de gobernar recae sobre el partido que ha formado gobierno, y, en consecuencia, corresponde a dicho partido ofrecer una política de consenso en torno a la adopción de las medidas económicas. Pero pactar no significa ni que el gobierno imponga la solución que desee, ni que la oposición rechace, sin más, toda propuesta con la que no esté de acuerdo. Pactar significa transigir, buscar un acuerdo, para lo cual hay que caminar, aunque sea desde lados opuestos, hasta llegar a encontrase en un punto común que sea aceptable para ambos.

El pacto requiere, ante todo, lealtad con el interés que está en juego que es el general de la nación española. Lo cual implica que hay que despojarse –justamente porque son particulares- de los intereses electorales de los partidos. Pero no por una cuestión de generosidad, sino sencillamente porque en presencia del interés común no se puede actuar con egoísmo. Por tal razón, el partido que en una situación de emergencia nacional antepone su interés particular al general de los ciudadanos merece la más dura y severa respuesta de los electores en las urnas.

Pero el pacto necesita también acierto en la oferta por parte del que tiene la facultad de proponer. Cuanto más aceptables sean las medidas que se propongan, tanto por su propia eficacia económica como por su justa distribución entre todos, mayores serán las posibilidades de que no pueden ser rechazadas por la oposición. Pero si las medidas son, cuando menos, discutibles, y se dejan de adoptar otras que parecen mejores y más urgentes, no es razonable culpar a la oposición de que no las acepte. En el acierto del que gobierna está lograr el consenso, y si no lo consigue, debe dejar que hablen los ciudadanos en las urnas.

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