Plataforma Ciudadana

La Voz de Galicia
Domingo 24 de Julio de 2011

Desde hace bastante tiempo, los sucesivos barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas vienen señalando que la clase política es la tercera de las principales preocupaciones de los ciudadanos, solo por detrás del paro y de la situación económica. Esta opinión tan desfavorable es un síntoma revelador del descontento general con el modo en que se viene ejercitando en los últimos tiempos la actividad política. Por eso, el estallido del movimiento del 15-M era algo que se veía venir. La indignación de los primeros acampados con la situación política y económica actual y su petición de democracia real fueron mensajes con los que estaba de acuerdo una buena parte de la ciudadanía.

Por eso, siendo ese su punto de partida, resulta difícil entender, al menos a primera vista, no solo que numerosos políticos hayan mostrado públicamente su simpatía con el movimiento, sino que incluso algunos de ellos intentaran sumarse personalmente a él. ¡Como si las cosas no fueran precisamente con ellos! Con el tiempo y, sobre todo, desde el inicio de la gestión asamblearia y la entrada paulatina de personas con otros intereses (como los movimientos antisistema), los primeros mensajes del movimiento se fueron difuminando hasta degenerar -y lo digo respetuosamente- en pintoresquismo.

Aunque el movimiento ciudadano del 15-M haya perdido mucha fuerza, eso no significa que sus mensajes iniciales carezcan de sentido. Antes al contrario, tal vez porque fue más espontáneo que meditado y más impulsivo que organizado, su fracaso, lejos de desanimarnos, debe hacernos reflexionar y que nos preguntemos si hay que hacer algo ante el hecho de que nuestra clase política no esté respondiendo a las exigencias de sus representados.

Salvo honrosas excepciones, que las hay y no son pocas, la clase política actual tiene un bajo nivel de preparación y está excesivamente profesionalizada. El largo período de democracia del que venimos disfrutando ha hecho que numerosos militantes de los partidos hayan hecho de la política su único medio de vida. Sobre todo aquellos que desde muy jóvenes solo se han dedicado a trabajar en el partido en lugar de formarse debidamente. Aunque es posible que no lo hayan hecho, porque para hacer carrera política es mejor ser obediente que tener un serio y brillante currículo.

La situación es tan crítica que ha llegado la hora de hacer algo. Los intelectuales comprometidos tienen que dar un paso al frente y redactar un manifiesto, con pocos puntos, que ponga en marcha un movimiento ciudadano serio y bien organizado al margen de los partidos, que exija a nuestra clase política que vuelvan a situar en un primer plano, como ocurrió durante la transición, los intereses generales, y que subordinen a estos sus intereses personales: hay que conseguir que vuelva a dolerles más España que perder el poder al que se aferran por ser su medio de vida. Si alguien da el paso, yo me sumaré seguidamente, y creo que no serán pocos los ciudadanos que decidirán acompañarnos.

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