Padres e hijos

La Voz de Galicia
Domingo, 12 de mayo de 2002

Gibran Khalil Gibran escribe en “El Profeta”, refiriéndose a los padres: “Sois los arcos con los que vuestros niños, cual flechas vivas, son lanzados”. Seguidamente, sugiere que es el Arquero, y no los padres, quien fija el blanco y que el gozo de los padres-arcos debe ser la tensión que nos causa el Arquero con su mano.

Hace algunos años era más fácilmente aceptable la idea de Kahlil, ya que estaba más extendida la creencia en la decisiva intervención del Arquero en el destino de nuestras vidas y las de nuestros hijos. Hoy tendemos más a indagar sobre nuestra propia responsabilidad en lo que nos sucede, que a traspasársela sin más a un tercero “todopoderoso”. Por eso, se puede decir que los padres, más que el arco, somos los arqueros y que somos nosotros los que tenemos que tensarlo, fijar el blanco, apuntar y lanzar las flechas; o, dicho de otro modo, educar a nuestros hijos.

Al igual que a los anteriores, a los arqueros de mi generación tampoco nos enseñaron a educar,  porque eso es algo en lo que nunca se ha podido instruir a nadie. Y por si esto fuera poco, los hijos vienen sin manual de instrucciones. Por ello, educamos según somos; y somos fruto de nosotros mismos y de nuestra circunstancia; configurada básicamente por el ejemplo, tanto positivo como negativo, que hemos recibido de todos los que nos rodeaban y por la época en la que nos ha tocado vivir.

Cada generación suele situar en el centro de sus anhelos aquello que más echa en falta. Creo que la mía –al menos en lo que yo viví-buscaba ansiosamente la libertad. Y mientras trataba de alcanzarla, se fue consolidando, en lo material, el creciente bienestar originado por las generaciones anteriores. En mi generación confluyeron, pues, la sociedad de consumo -que se iniciaba- y la entronización de la libertad intelectual. En la combinación de ambas, está, tal vez, una explicación de la educación que hemos dado a nuestros hijos.

En el aspecto material, nos dedicamos a incrementar, pero también a consumir, los medios económicos que teníamos a nuestro alcance. Pero no lo hicimos de un modo excluyente. Probablemente porque nuestra conciencia no nos permitía otra cosa, hicimos participar intensamente a nuestros hijos de ese bienestar. “Consumimos”, pues, conjuntamente, sin darnos cuenta de que también había que enseñarles que las cosas se consiguen con esfuerzo. En el plano de las ideas, tratamos de educarlos en los valores de la libertad y la igualdad. Desechamos el modelo anterior de la educación autoritaria y situamos a nuestros hijos en un entorno de auto responsabilidad. Y claro, en este ambiente es mucho más difícil saber lo que ha de hacerse en cada momento. Por lo cual, en cierto modo, somos también los causantes de las inseguridades que puedan padecer. Pero con lo que no contábamos era con la poderosa influencia que iba a tener en nuestros hijos la televisión, de la que en no pocas ocasiones recibieron ejemplos que dejaban mucho que desear.

Ahora bien, como los valores que transmitimos eran acertados, pienso que nuestros hijos se sienten mayoritariamente satisfechos de la educación que recibieron, aunque habrán de corregir algunas cosas cuando les toque hacer de arqueros.

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