Matar por celos

La Voz de Galicia
Jueves, 29 de mayo de 2003

Estaban sentados viendo la televisión en el cuarto de estar. A sus once años, le llamó la atención la noticia de la muerte de una joven por disparos de su marido. El informador dijo que se desconocían las causas de la conducta del agresor, pero añadió que lo más probable era que se tratara de una cuestión de celos.

Ella le preguntó a su padre qué eran los celos. Y éste le contestó que, en este caso, era, más o menos, el temor del marido a perder a su mujer. Entonces la niña, creyendo comprender la situación, dijo: «Claro, la mató porque la quería mucho». Ante tal conclusión, el padre apostilló: «No, la mató porque era un egoísta despreciable». Ante la cara de sorpresa de su hija, se vio obligado a explicarse con el siguiente relato.

«Un joven, al abrir su ventana todas las mañanas, veía un hermoso jilguero cantando sobre la rama de una acacia. El jilguero cada vez cantaba mejor, por lo cual el joven comenzó a poner, sobre el alfeizar de la ventana, unos granos de cañamón en un pequeño recipiente. Poco a poco, el jilguero fue cogiendo confianza, y cada mañana despertaba al joven cantando, posado sobre el borde del recipiente.

Ante el temor de perder al jilguero, el joven decidió cazarlo, para lo cual comenzó a introducir el cañamón en una jaula. Y un día, cuando el pájaro estaba comiendo confiado, cerró la puerta de la jaula. Pasaron los días y el jilguero, poco a poco, fue dejando de cantar. Apesadumbrado, el joven decidió abrir la puerta de la jaula para que las cosas volvieran a ser como antes. Y el jilguero volvió a cantar, pero con unos trinos mucho más brillantes que al principio.

El nuevo canto del pájaro hizo que se fijara en él un vecino del joven. Al principio, el vecino se contentaba con escuchar al jilguero. Pero un día, agradecido, comenzó a ponerle alpiste en su ventana. Y el pájaro empezó a cambiar poco a poco el cañamón por el alpiste. De tal suerte que, aunque el pájaro iba todas las mañanas a cantar para el joven, también lo hacía para su vecino, después de que aquél cerrara su ventana.

Un día de mucho calor, el joven abrió su ventana a media mañana y vio al jilguero cantando para su vecino. De repente, sintió angustiado que podía perderlo para siempre y a la mañana siguiente, cuando estaba comiendo el cáñamo en la jaula, lo mató: ‘Si no es sólo para mi, que no sea para nadie’, pensó».

«¿A quién crees que quería más el joven? -dijo el padre-. ¿Al jilguero o a sí mismo? ¿No crees que si el joven quisiera de verdad al pájaro lo habría dejado en libertad, aunque cantara para otro, en lugar de quitarle la vida?». La niña miró en silencio a su padre, dándole a entender con un gesto que había comprendido y éste, tras un profundo suspiro, añadió: «Hay egoísmos que matan».

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