Madres alevosas

La Voz de Galicia
Lunes, 11 de marzo de 2002

En las relaciones afectivas entre padres e hijos suele decirse que el cariño discurre más en sentido descendente que ascendente: aunque hay excepciones, quieren más los padres a los hijos que al revés. Por eso, la muerte de algún hijo, generalmente de poca edad, a manos de su propia madre nos parece increíble. El último de estos sucesos tuvo lugar el pasado mes de enero en Santomera en donde una mujer llamada “Paquita” dio muerte a dos de sus hijos, de 6 y 4 años, con el cable del cargador de un teléfono móvil.

Ante hechos como éste, resulta difícil aceptar que quite la vida  quien la ha dado, la persona que, desde el momento mismo de alumbrarla, ha tenido que sentir con tanta intensidad el amor de madre. Tal vez por ello, nuestro primer pensamiento suele dirigirse hacia ella y, generalmente, para concederle el beneficio de la duda sobre su sanidad mental. La misma perspectiva adoptan, por lo general, los medios de comunicación, a quienes les interesan todas aquellas circunstancias de la vida de la autora que puedan explicar tan abominable conducta.

De los hijos fallecidos se informa poco: son tomados casi siempre como un dato. Se nos dice cuantos eran, sus nombres, que edad tenían, se relatan por referencias de terceros sus últimas horas y poco más. Nada se escribe sobre sus pensamientos, porque lógicamente se desconocen, en el instante en que su madre les estaba quitando la vida. Solo podemos imaginar lo que pudieron pensar en tan duro trance. Pero malamente. Porque por mucho que tratemos de ponernos en su lugar, es difícil que lleguemos a sentir la inmensa angustia que tuvieron que padecer. Quizás lo más duro para ellos fue aceptar no el hecho mismo de la muerte, sino que era su propia madre, la persona en la que más confiaban del mundo, la que los estaba matando.

Esta última reflexión nos conduce a la alevosía. En nuestro Código Penal, la alevosía es una circunstancia agravante de la responsabilidad que consiste, a grandes rasgos, en que el autor elige una manera de cometer el delito que le evita el riesgo resultante de una posible reacción de defensa por parte de la víctima. En esta concepción de la alevosía se pone el acento en la elección del medio para cometer el delito y en la consecuencia de tal elección que es la ausencia de riesgos para el autor.

El Profesor Alfonso Otero, a quien tuve la fortuna de tener como catedrático de Historia del Derecho, nos explicó que la alevosía era una institución que tenía sentido en una época como la Edad Media en la que reinaba la paz social (asentada en una relación de mutua confianza) entre los caballeros. Esta paz significaba que ningún caballero podía ser atacado por otro sin que antes rompiera la paz; es decir, le advirtiera expresamente de que la próxima vez que se viesen le atacaría (por ejemplo, arrojándose un guante como vemos en las películas). Por eso, quien atacaba a otro sin advertirlo previamente actuaba a traición, era aleve, ya que cogía a la víctima confiada y, en consecuencia, desprevenida. Enmarcada en una previa relación de confianza, en la que lo relevante no era el modo de atacar sino lo inesperado, por inadvertido, del ataque mismo, la alevosía tenía más sentido que tal y como se configura en el Código Penal de nuestros días.

No es dudoso que la relación de confianza por excelencia es la que existe entre padres e hijos y, tal vez, más aún, entre madre e hijos. Por mucho que una madre pueda despotricar contra sus hijos o, incluso, amenazarlos, si hay alguien de quien nunca un hijo -y mucho más si es pequeño- espera un ataque mortal es de su propia madre. Por eso, cuando una madre está quitándole la vida a su hijo, lo relevante no es el modo de ataque elegido y si imposibilita o no la defensa de éste, sino el hecho de que la confianza de éste en ella es tan grande que jamás creerá que está intentando matarlo. Si el hijo está consciente, lo normal será, por tanto, que, en lugar de defenderse, trate de tranquilizar a su madre, la cual el único riesgo que puede correr es recibir una mirada de incredulidad y de horror ante tan brusca, inesperada y brutal ruptura de la confianza. Por ello, si hay alguna situación en la existe alevosía entendida en su sentido medieval, es la de la madre que mata a sus hijos pequeños.

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