Los valores y las generaciones actuales

La Voz de Galicia
Sábado, 8 de agosto de 2009

Está generalizada la idea de que la sociedad actual sufre una importante pérdida de valores. Creo que esta afirmación debe ser debidamente matizada, porque tal pérdida, lejos de ser general –es decir, de toda la sociedad en su conjunto-, parece estar localizada más en unos determinados segmentos de edad que en otros. A esta conclusión me lleva el siguiente análisis que contiene las lógicas inexactitudes propias de toda generalización.

Se puede afirmar con cierta seguridad que nuestra senectud sigue conservando los valores humanos de la educación familiar y escolar de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Entre ellos, cabe mencionar el ansia de libertad, pero sin menoscabo de la disciplina; el sentido de la responsabilidad; el trabajo, el sacrificio y la austeridad, como normas habituales de conducta; y, en general, una nítida preponderancia de los deberes sobre los derechos.

Todos estos valores, aunque alguno de ellos bastante debilitado, como la austeridad, se pueden encontrar aún en la franja de los que han rebasado ampliamente la cincuentena. Es la generación que nace pasados los primeros años de la posguerra, vive su juventud cuando comienzan los frutos del desarrollismo, y disfruta su adultez –en la que todavía se encuentra- entre el comienzo de la democracia y el gran despegue económico derivado de la pertenencia a la Unión Europea. La educación que recibe esta generación sigue poniendo el acento en los indicados valores, pero la creciente abundancia de recursos económicos entre la clase media –que se va ampliando progresivamente- hace que aumente  su capacidad de consumir, y que, paralelamente, comience a fijarse más en los derechos que en los deberes.

A partir de un momento determinado, que sitúo a mediados de los ochenta, y ya en pleno desarrollo económico, coexisten, con las generaciones precedentes, una nueva que empieza a arrinconar, al menos, tres valores. La austeridad –siempre claro está dentro de los límites de cada economía familiar- es sustituida por el endeudamiento: “compra y disfruta hoy, ya pagarás con facilidades y aplazadamente”. Cambia también la educación: hay que rebajar sensiblemente las exigencias para que toda la familia pueda gozar  sin trabas del nuevo bienestar. Y como  lógica consecuencia de todo ello se relaja la disciplina. Esta primera generación del consumismo, que tiene que trabajar denodadamente para aguantar su ritmo de vida, se vuelve “sobre-protectora” y, más que educar a sus hijos –tal vez porque no tiene tiempo-, los hace partícipes de su modo de vida. Éste se caracteriza por la atenuación del sentido de la responsabilidad, el arrumbamiento de la cultura del trabajo y del esfuerzo –ya trabajan los padres por todos-, y el consumismo despilfarrador. Todo lo cual exige olvidarse de los deberes.

A finales de los noventa, se atisba una nueva generación de adultos –educada en su día por los que rebasan la cincuentena-, que, vista la deficiente educación de la juventud de ese momento, da un giro a la de sus hijos, y recupera, sobre todo, los valores de la disciplina, del propio esfuerzo y del consumo moderado. Por lo cual, en la amplia franja que va desde los cuarentones hacia abajo “conviven” actualmente: padres exigentes que educan a sus hijos en los valores tradicionales, jóvenes y adolescentes –que son los hijos de la primera generación del consumismo- que están “poco” educados en tales valores, y niños –hijos de los primeros- que parece que están volviendo a recuperarlos.

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