Los mercachifles de la intimidad

La Voz de Galicia

Hasta no hace mucho tiempo, se comerciaba fundamentalmente con objetos: mercancías, valores mobiliarios y bienes inmuebles, haciendo de su compra y venta habitual una ocupación lucrativa. En nuestros días, se han ampliado los bienes vendibles a ciertos componentes de la personalidad, como la intimidad. Y para persuadirnos de que la consumamos, los que trafican con ella excitan nuestros sentimientos menos nobles, como el morbo y la envidia.

Existía hasta ahora la convicción moral generalizada de que la parte más secreta de nuestra vida interna no debía ser objeto de negocios mercantiles. En la sociedad de los valores, a nadie se le ocurría revelar a la generalidad algún acontecimiento celosamente reservado de su propia vida a cambio de un precio. Y tal vez por eso tampoco había sujetos interesados en dedicarse a ganarse el sustento intermediando entre el vendedor de su intimidad y los medios de comunicación que la difundían. Hasta tal punto se consideraba importante la intimidad que en nuestra Constitución se consagra el derecho a la intimidad personal y familiar entre los derechos fundamentales de la persona.

No puede decirse sin faltar a la verdad que en el pasado lejano no hubiera cotilleo. La murmuración es una característica de las sociedades de todos los tiempos y supone una mezcla de sentimientos tan deleznables como el interés malsano por la vida ajena y el resentimiento. Hay una parte de la población que está dominada por el deseo enfermizo de saber de otros lo que no le concierne y no tanto por curiosidad cuanto por si pudiera llegar a alegrarse del mal ajeno. Lo que sucedía hasta no hace mucho era que se consideraba de interés general evitar todo aquello que pudiera avivar las pasiones más bajas del ser humano. Si a alguien se le hubiera ocurrido comerciar con ello, se habría considerado como algo indigno.

El éxito del comercio de la intimidad no se debe a que la gente de hoy sea peor que la de antes, sino a que en la sociedad actual se dan las condiciones para la distribución comercial de ese nuevo producto. En la actualidad están fuertemente debilitadas virtudes tradicionales como la vergüenza y el pudor. Ha decaído la estimación de la propia honra y empieza a verse como un valor en alza el descaro. A todo ello hay que agregar la aparición de un nuevo rasgo de supuesta excelencia, que es la fama del personaje sin que importe la razón a la que se debe. Se produce de este modo una íntima vinculación entre la venta de la intimidad y la nombradía: cuanta más notoriedad tenga una persona mejor pagada estará su intimidad. Porque lo malo revelado de los famosos llega a convertirse en un consuelo para los que llevan una vida anodina y sin sobresaltos.

 

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