Los mensajes políticos y su recepción por la sociedad

La Voz de Galicia
Domingo, 18 de enero de 2009

Los mensajes políticos de carácter general que recibimos los ciudadanos proceden fundamentalmente de dos fuentes: el partido que gobierna y el partido mayoritario de la oposición. En los últimos años, ambos partidos difunden sus mensajes con una  característica que predomina claramente sobre las demás. Partiendo inevitablemente de la realidad de cada momento, el partido en el gobierno tiende exageradamente a dulcificarla, mientras que el de la oposición procura con la misma intensidad agravarla. Y ante esta andar al daca y toma, los ciudadanos siguen, como escribía recientemente Raúl del Pozo, sin moverse del patio de butacas: el mensaje crítico de la oposición sobre la preocupante situación de nuestro país no hace que la mayoría de los votantes españoles cambie de bando.

Los análisis electorales suelen coincidir en que en España hay tres grupos bastante definidos de votantes con los se forma la mayoría: algo más de un tercio que vota al partido socialista, otro tercio ligeramente inferior al partido popular y el tercio restante se divide entre un voto que fluctúa entre ambos partidos y los que se abstienen. Así divididos los espectadores del patio de butaca, una primera conclusión no muy reflexiva podría ser que a la actual mayoría le gusta más el mensaje edulcorado que el catastrofista. Y que sea cual sea la verdadera situación en la que nos encontremos, prefiere escuchar de los dirigentes que todo va bien o que si va mal mejorará próximamente, que oír negros presagios sobre nuestro presente y el futuro más inmediato. De ser esto cierto, se podría decir que a la mayor parte de los ciudadanos le gusta que les cuenten más que la realidad que viven una versión fingida de la misma.

Pero caben otras interpretaciones. Es posible también que a la mayoría actual le parezca irreal por excesivamente catastrofista la versión que oyen a la oposición. Y no hay que descartar tampoco que entre los que forman dicha mayoría haya quienes, con una buena dosis de escepticismo, achaquen los excesos, aunque en sentido contrario, de ambos mensajes a la dialéctica de la política. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que –aunque sea una obviedad- la realidad es la que es, y que en las sociedades democráticas gobierna el que recibe la confianza de la mayoría.

Por eso, si con la que está cayendo la oposición no consigue que las encuestas reflejen un cambio de sentido del voto, debería reflexionar a qué es debido. Entre las causas posibles, se podría valorar la de si no sería más efectivo un mensaje que, sin dejar de ser real, fuera menos catastrofista; o la de si, siendo la situación tan preocupante, los actuales dirigentes de la oposición trasmiten la suficiente confianza para atraer a la mayoría. Desde luego, a quien no hay que culpar es a la mayoría: porque si está preparada, la elección habrá sido con conocimiento de causa; y si no lo ésta, no parece lógico que se haya dejado convencer por el peor. Si hay alguien que piensa que la mayoría está dormida, debe despertarla. El problema es elegir bien al que ha de hacer de despertador.

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