Los hijos de la sociedad del bienestar

La Voz de Galicia

A unque venía desarrollándose económicamente desde comienzos de los años setenta del siglo pasado, España alcanzó la sociedad del bienestar bien entrada la década de los ochenta. Fue en ese momento, tras el ingreso en la hoy Unión Europea, cuando hubo un notable desarrollo de la economía de mercado, un incremento de las prestaciones sociales y el pleno asentamiento de un régimen de libertades democráticas. Es cierto que desde entonces pasamos crisis, como la de principios de los noventa, que obligaron a realizar ajustes muy duros en nuestra economía. Pero se puede afirmar que con fluctuaciones expansivas y regresivas España experimentó un incremento considerable del nivel de vida.

Las principales beneficiarias de la sociedad del bienestar fueron las clases media y baja de la sociedad española, sobre todo cuando se agrupaban en familias o unidades de convivencia a las que varios de sus miembros aportaban sus salarios. Estos procedían, en rigor, de los miembros adultos del grupo, porque los de menor edad no estaban en condiciones de contribuir, bien porque aún no habían accedido al mercado de trabajo, bien porque el que conseguían era precario y de muy baja calidad. Como el monto global que reunía del grupo era suficiente y el bienestar alcanzaba a todos, no se llegó a establecer una ecuación entre aportación y derecho al disfrute del nivel de bienestar.

Las cosas cambian de manera paulatina, pero imparable, desde el comienzo de la presente crisis a mediados del 2007. Según los datos difundidos por la oficina de estadística comunitaria (Eurostat), tomando como referencia la renta per cápita de la Unión Europea de los veintisiete (que es el 100 por 100), la renta en España cayó en el 2009 al 99,4 desde el 102,6 del 2008 y se prevé que España tenga un PIB per cápita del 97,4 % respecto a la media europea en el 2010 y del 96,3 en el 2011. Este empobrecimiento creciente lo sufren especialmente las indicadas clases sociales y cada grupo de convivencia que ve disminuir sus recursos por la bajada de los salarios, así como por la pérdida de empleo de varios de sus miembros y, en ocasiones, de todos ellos.

Los más jóvenes -hasta ahora hijos de la sociedad del bienestar- comienzan a padecer las consecuencias del alejamiento progresivo del anterior nivel de vida. Es cierto que ellos no habían contribuido prácticamente a crearlo, pero también lo es que no tienen a su alcance ningún instrumento para remediar la nueva situación: muchos carecen de empleo y de cualquier otra fuente alternativa para conseguir medios económicos para el grupo.

Se puede entender, pues, el desconcierto y hasta la indignación de los hijos de la sociedad del bienestar. Pero la solución no es «culpar» a los demás, ni adoptar una actitud pasiva o de protesta. Fueron sus mayores los que aumentaron el nivel de vida y, por tanto, quienes hicieron posible que ellos lo disfrutaran. Pero son los que tienen el futuro por delante quienes deben reflexionar sobre qué puede hacer cada uno de ellos para que España vuelva a crecer significativamente.

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