Los corresponsales de guerra

La Voz de Galicia
Jueves, 29 de noviembre de 2001

Sólo hechos tan recientes como la muerte de Julio Fuentes nos hacen caer en la cuenta de que existen corresponsales de guerra que trabajan para la prensa escrita –los de televisión los vemos a diario- y de que su trabajo puede ser tan arriesgado que les llega a costar la vida.

Desconozco si son muchos los que leen con atención las noticias que publican los periódicos sobre las guerras. Pero me da la impresión de que una buena partes de limitan a leer los titulares, sin reparar, salvo en muy contadas ocasiones, ni en el nombre ni, en su caso, en la cara de los autores del reportaje. Por eso, en comparación con otros profesionales de la prensa escrita, son muy pocos los corresponsales de guerra que llegan a ser conocidos por el gran público, a pesar de que son de los que más arriesgan en el ejercicio de su profesión. Así las cosas, cabría preguntarse si merece la pena tanto esfuerzo y tanto riesgo para tan escasa notoriedad y tan reducido número de lectores interesados. Una respuesta afirmativa podría apoyarse en lo que seguidamente se expone.

En toda actividad de comunicación se pueden distinguir, al menos, tres fases o momentos: el acto puramente interno de confección y elaboración del mensaje, el acto de exteriorización  de la comunicación preparada, y el de recepción del mensaje por los destinatarios . Las dos primeras fases son las únicas que dependen del comunicador, por lo cual éste ha de tratar de obtener en ellas el mayor grado de satisfacción posible. Si, por lo general, para cualquier comunicador el solo acto de volcar en unos folios cualquier sentimiento, impresión o vivencia, ya es en sí mismo grato, cabe imaginar hasta qué grado puede aumentar la satisfacción del que realiza un buen reportaje en unas circunstancias tan difíciles y precarias como las propias de toda guerra. Seguramente es por esto, por lo que todavía existen reporteros que no dudan en acudir a la primera línea de combate, para poder vivir y contar las noticias que general la guerra. La intensidad y plenitud con la que deben vivir cada instante hará, sin duda, que sea sumamente grata la confección de sus reportajes. Por eso, es muy probable que para ellos tenga mucha menos importancia la fase de mayor o menor número de lectores de sus noticias. Para quien puede llegar a perder la vida, éstas son, con toda probabilidad, cuestiones de poca significación y que,  en ningún caso, les llegan a quitar el sueño. Que se lean enteramente sus reportajes, o sólo los titulares, o ni una cosa ni otra, no depende de ellos sino de los lectores: muchedumbre heterogénea de vidas más o menos acomodadas, con mayor o menor sensibilidad para el dolor ajeno y que contemplará los hechos narrados como acontecimientos muy lejanos y con mínimas posibilidades de verse afectada por ellos.

En una vida tan agitada y agobiante como la de hoy no se puede esperar que sean muchos los lectores, y menos aún de noticias que tienen que ver con algo tan escabroso como la guerra y sus horrores. Pero todo comunicador debe escribir por la sola necesidad de hacerlo. Y seguro que los corresponsales de guerra, más que ninguna, sienten el impulso de contar lo que ven, aunque sólo sea para liberar los recuerdos que perturban su conciencia.

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