Lengua y sentimiento de origen

La Voz de Galicia
Domingo, 14 de Noviembre de 2010

Es sabido que en España hay espacios geográficos en los que se hablan dos lenguas. En esos lugares, hay ciudadanos que se expresan preferentemente en una sola de ellas, su lengua materna, aunque conocen la otra. Y los hay que son totalmente bilingües, manejan ambas con total fluidez. De esas dos lenguas, una es propia y específica de ese espacio geográfico, en el sentido de que solamente se habla en él; y la otra es la que coincide con la común que usan la generalidad de los ciudadanos que conforman el ámbito geográfico más amplio en el que está integrado aquél. En el caso de Galicia, conviven el gallego y el castellano, siendo aquél el específico y éste el común de España.

El planteamiento que antecede pretende ser lo más respetuoso posible con todas las sensibilidades. Está hecho de manera puramente descriptiva, tratando de exponer la realidad sin ninguna connotación política o de otro tipo que trate de excluir o separar. El que un habitante de Galicia hable una sola de las lenguas o las dos es consecuencia en gran medida de su propia circunstancia vital. Hechos como el lugar de nacimiento y la familia de pertenencia determinan desde la misma infancia el uso predominante de una u otra lengua o de las dos. Y es la propia peripecia vital de cada uno la que acaba por influir en el idioma en el que se expresa habitualmente. Hay quien teniendo como lengua materna el gallego emplea en su vida diaria el castellano y al revés. Pero lo más frecuente es que la lengua materna acabe por determinar el idioma que uno habla en su vida diaria.

En el plano en el que me estoy moviendo, ser y sentirse gallego tiene más que ver con el lugar donde has nacido, en el que sientes que tienes ancladas tus raíces, que con la lengua en la que te expreses. Se es gallego porque uno se siente gallego. Y no hay nadie al que le hayamos encargado todos los que hemos nacido en Galicia que otorgue certificados de origen o procedencia. En lo que se siente cada uno no tienen cabida ni el dogma ni los espíritus excluyentes.

Mas allá, pues, de cualquier otra contaminación originada por concepciones ideológicas, ser y sentirse gallego es llevar Galicia en lo más hondo del alma. Lo cual, para los que nos sentimos profundamente gallegos, no es fruto tanto de la lengua que hablamos como de circunstancias vitales tan profundas y reales, como ser el aire de Galicia el primero que respiraron nuestros pulmones; su luz la primera que impresionaron nuestros ojos; sus ruidos y los murmullos de su gente los primeros que despertaron nuestros oídos; y, en fin, su atmósfera la primera que rodeó nuestro cuerpo. Por eso, sentirse gallego no puede ser más que un gran orgullo, y presumir de ello es pagar una deuda imperecedera que se tiene con el lugar en el que iniciamos la dura profesión que es vivir.

Si sentirse gallego es una impresión del alma, nada, incluida la lengua, ni nadie, salvo uno mismo, puede lograr que dejemos de considerarnos lo que somos.

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