La soledad

La Voz de Galicia
Domingo, 26 de agosto de 2001

Quien te oiga o te lea, puede afirmar, sin temor a equivocarse, que eres una palabra, un conjunto de sonidos articulados que expresan una idea. Pero aquí se acaban las certezas. Porque lo más seguro es que cada uno de nosotros tenga su propia noción de lo que eres, adquirida en el transcurso de su vida.

Como palabra, significas la carencia voluntaria o involuntaria de compañía y, también, una especie de enfermedad del alma provocada por una pérdida. Pero tengo para mí que ninguna de estas dos acepciones fija con precisión y exactitud tu naturaleza. Porque se puede sentir soledad, aunque se esté acompañado por otros; y al contrario, se puede estar solo y sentirse plenamente acompañado. De la misma manera, puede existir el pesar y la melancolía en que consistes, sin tener que pasar por el trance de haber perdido algo; y, al revés, perderlo, y no sentirse solo.

Por eso, creo que quien te definió no estuvo muy acertado. No sabía que eres, sobre todo, un sentimiento, una impresión del alma, y que, para valorarte, depende de si eres ocasional o duradera, buscada de propósito o impuesta, reparable o irremediable.

El recogimiento voluntario, ocasional y del que se puede salir en cuanto se desee, es una situación del espíritu sumamente aconsejable. Sobre todo, cuando tiene por finalidad introducirnos en la meditación sobre las cuestiones fundamentales del ser humano. Pero son muy pocos los afortunados que tienen la saludable costumbre de retirarse a este estado.

La gran mayoría, cuando alcanza algún momento de soledad, no puede resistirse a los señuelos que le muestra continuamente la sociedad de consumo, para que dirija su atención hacia otras cosas. Esta soledad no se nos da, pues, para que reflexionemos, sino para hacer justamente lo contrario: huir de nosotros mismos. En nuestra deslumbrante sociedad de hoy, hemos llegado a una especie de pacto: nos obligamos a no reflexionar a cambio de unos cuantos bienes materiales y del acceso a una cultura intencionadamente degradada. ¡Qué más da lo que pasa en otros mundos, sin en el nuestro importa más tener que ser!

Por eso, aunque es verdad que en nuestra vida ordinaria, estamos juntos, unos con otros, en la casa, en el trabajo, en el tiempo que dedicamos a la diversión y al ocio, también lo es que no estamos “acompañándonos”, sino simplemente unos “al lado” de otros.

Es cierto que el hombre de hoy no ha visto disminuida, ni un ápice, su necesidad de participar de los sentimientos de los demás, de comunicar las vicisitudes de su vida. Pero no lo es menos que como ha ido perdiendo progresivamente la costumbre de reflexionar y de escuchar, ha tendido más al monólogo que a dialogar. Nos interesa en mayor medida contar lo que nos pasa, que oír, intercaladamente, las ideas ajenas. Y es por aquí por donde ha comenzado a instalarse entre nosotros una soledad que no consiste en falta de compañía ni en la tristeza por la pérdida de algo. Estamos en compañía, pero aislados, en lugar de acompañarnos mutuamente. Esta “soledad en compañía”, característica del hombre de hoy, que es cada vez menos ocasional, no la buscamos de propósito, al menos conscientemente, y, lo que es peor, lleva camino de ser irremediable.

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