La sociedad de los espíritus obesos

 ABC-La Tercera

El hombre se pasa la vida intentando conseguir lo que necesita y lo que cree precisar. Sus apetencias son de todo tipo, pero las primeras que suele satisfacer son las materiales: procura lo indispensable para su sustento. Es verdad que el mantenimiento del cuerpo genera la energía que necesita el espíritu, pero la mente requiere, además, su propio alimento. Desde hace algún tiempo parece, sin embargo, que no estamos nutriendo convenientemente el cuerpo ni el alma.

En el primer mundo, se come, por lo general, mucho más, peor, y con mayor celeridad, de lo que convendría. La vida sedentaria que llevamos hace que cada vez precisemos menos calorías y, en lugar de haber reducido la ingesta, engullimos bastante más de lo que necesitamos. El desacierto es todavía mayor al elegir los alimentos: en vez de una dieta equilibrada, consumimos lo más insano. Y por si todo ello fuera poco, apenas dedicamos tiempo al acto mismo de comer. No es, pues, una casualidad que se hable en nuestros días de “comida basura” y de “comida rápida”, ni tampoco el crecimiento alarmante del número de obesos. Tal vez por eso, y como reacción pendular, hay quienes han entronizado la cultura del cuerpo: una especie de “racismo estético”, según el cual se considera inferior a todo aquel que no entra en los tiránicos cánones de la moderna esbeltez. Lamentablemente, este desvarío fisonómico en el que estamos sumidos no es inocuo: está provocando graves enfermedades, como la anorexia y la bulimia, en las que unas dietas hipocalóricas exageradas y prolongadas, acaban produciendo serios trastornos de la mente, de los que cuesta salir mucho más de lo que se piensa.

Pero no sólo erramos al alimentar el cuerpo, nos estamos equivocando también con el espíritu. Vargas Llosa sostiene que en nuestros días los intelectuales escriben para entretener, no para dar respuesta a las grandes preguntas que se viene haciendo el hombre desde sus orígenes. Lo cual ha desembocado, en su opinión, en una especie de banalización de la cultura en la que falta compromiso. Si el nutriente intelectual de las clases más ilustradas es la cultura banalizada, no hace falta ser muy perspicaz para intuir que el de las personas menos instruidas es, sencillamente, “basura mental”. El periodismo de escándalo, sobre todo el televisivo y el de las revistas del corazón, -añade el Premio Nobel- está haciendo un daño enorme, porque, al influir en la manera de ser y de pensar de capas muy extensas del público, se ha convertido en el principal instrumento de difusión de la que él denomina “la civilización del espectáculo”.

Este sórdido mundo del “cotilleo”, en el que los reporteros, convertidos en protagonistas, debaten teatralmente sobre aspectos intrascendentes de la vida irrelevante de personas conocidas (sin valoración alguna sobre la razón por la que lo son), se ha convertido en la pitanza preferida de una parte de la sociedad a la que le está produciendo una nefasta “obesidad espiritual”. El espíritu del público se está envenenando poco a poco con esta bazofia intelectual que ingiere en dosis perniciosas, haciendo que aumente imparablemente el número de los adictos al chismorreo. Cada vez es mayor el número de los que prefieren la actitud pasiva de sentarse a oír hablar de otros –y a poder ser mal- que hacer el esfuerzo de alimentar su espíritu con ideas y pensamientos ajenos.

A esta adiposidad espiritual contribuye la progresiva e imparable “dinerización” de la vida moderna. Es tal la concentración del poder en unas pocas manos que el servilismo imperante en nuestros días supera, aunque pueda parecer mentira, al que existía durante el feudalismo. Hoy el poder económico y político ofrece prebendas y protección a cambio de la ciega adhesión a los dictados del que manda. Y es tanto lo que puede dar el poder –y tan poco lo que queda fuera- que no son pocos los que prefieren recibir las dádivas del poderoso a defender en las afueras del sistema las propias ideas divergentes con el pensamiento único. Lo peor de todo es que este moderno servilismo está acabando poco a poco con un valor tan relevante de la persona como es la dignidad.

Lo que antecede es especialmente visible en el mundo de la creatividad. El creador actual ya no es un bohemio que persigue la inmortalidad y la gloria. Ha visto que las obras del espíritu dan para vivir -y bien- a los que pululan al alrededor del poder y traspasan sin remordimientos la frontera de la comercialidad. Este untamiento del intelecto ha llegado a todos los ámbitos de las bellas artes, desde la literatura al cine pasando por la pintura y la escultura. Lo que importa es estar a bien con el poder que es el que compra y subvenciona. Eso explica el abandono del compromiso –siempre incómodo para el poder- y su sustitución por el entretenimiento al que se refiere Vargas Llosa.

La creciente adiposidad que envuelve nuestros espíritus ha desatado también una irrefrenable tendencia al consumo de bienes materiales. Desde que nacemos, se nos incita a acumular. Cuando somos pequeños, cosas para jugar; y cuando vamos creciendo, bienes para usar y consumir. Pero nada se regala: se obtienen a cambio de dinero que tenemos que canjear previamente por tiempo libre. La vida se vuelve entonces un completo sinsentido y en ese clima no es extraño que se haya originado una nueva pobreza que consiste no tanto en la escasez de bienes, cuanto en la falta de tiempo para cuidar nuestra alma y para ayudar a curar la de los demás. La sociedad de consumo ha generado unos nuevos pordioseros que ya no mendigan bienes materiales, sino tiempo: limosnean unos minutos para que los escuchen. Pero nosotros preferimos malgastar el tiempo en obtener dinero para consumir que darlo como “limosna” a los modernos “mendigos de tiempo”.

No sé a quién corresponde la ciclópea tarea de acabar con la obesidad asfixiante que atenaza nuestros espíritus. Estas líneas, a modo de lámpara de Diógenes prendida a la luz del día, no buscan hombres justos, sino intelectuales que asuman el compromiso de engendrar pensamientos críticos que instruyan, enriquezcan y alimenten sanamente los espíritus.

José Manuel Otero Lastres

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