La sensación de ser como los demás

La Voz de Galicia
Domingo 27 de marzo de 2011

Solía cruzarse con cierta frecuencia en su paseo por la urbanización con una mujer invidente entrada en la cincuentena que iba guiada por un labrador color crema. «Por favor, no me acaricien, estoy trabajando», advertía en letras negras sobre fondo amarillo un cartel situado entre las dos varillas que unían por un extremo el arnés que ceñía el cuerpo del perro y por el otro el asa curvada por la que ella se agarraba a él. La primera vez que los vio marchaban en dirección contraria y por aceras diferentes, así que no pudo leer lo que decía el cartel, y por no prestar atención tampoco reparó en que se trataba de una ciega.

Durante la primavera comenzaron las obras para mejorar el pavimento de los andenes y solo quedó uno de ellos en servicio, por lo que coincidieron paseando por la misma orilla de la vía pública. En esa ocasión, su aguda hipermetropía le permitió leer desde cierta distancia la frase que portaba el cánido. Y sin saber muy bien por qué, se sintió incómodo. No era tanto por la lógica advertencia que revelaba la leyenda cuanto por acercarse a alguien que no sabía cómo iba a responder si la saludaba. Instintivamente bajó la vista y siguió en silencio, pensando que su discapacidad le impediría advertir su presencia.

Pero cuando estaba a punto de rebasarla, oyó «buenos días». Le dio tiempo a mirarla y pudo ver en su rostro un gesto de contrariedad. El resto del camino fue tratando de descifrar el sentido de aquella muestra de disgusto. Después de darle algunas vueltas, llegó a la conclusión de que lo que le había importunado era que la hubiese tratado peor que a los demás. Como pensó que ella no lo vería, había decidido rehuirla, lo cual suponía añadir menosprecio a la discapacidad. Era como si su involuntaria ceguera llevara a los transeúntes a ignorar su existencia, y a no tener en cuenta el resto de su ser plenamente entero y capaz.

Estos pensamientos, aunque puramente interpretativos de lo que le acaba de suceder, hicieron que se sintiera mal. Fuera ese u otro el sentimiento que había provocado en la invidente, lo cierto era que había sido un maleducado con quien menos se merecía que lo fuera. Y lo que todavía le hacía sentirse peor: su inadmisible conducta se había amparado, en cierto modo, en la imposibilidad que tendría ella de reconocerlo. Y decidió repararlo.

Una mañana, al regresar hacia casa vio que se acercaban por la misma acera. Estaban a unos cincuenta metros. Pero la estampa era tan reconocible a distancia que le dio tiempo a prepararse. Cuando estaba a unos dos metros de ellos dijo «buenos días». Sin dejar de mirarla advirtió, primero, una reacción de sorpresa, que se tornó inmediatamente en una sonrisa tan llena de alegría que sintió que su gozo radiante traspasaba la oscuridad de los cristales de sus gafas de sol. Aquella inesperada escena reconfortó su ánimo, y le hizo pensar que cuesta muy poco hacer felices a los que padecen una incapacidad: basta con tratarlos como a los demás.

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