La segunda compañera

Del libro “Las nubes pueden ser gemelas”. 2006. Ensenada de Ézaro  Ediciones. Nortideas Comunicación.

Estaba seguro de que esta vez había encontrado la compañera ideal para compartir el resto de sus días: le daba voz cuando él quería, se dejaba tocar sin oponer reparo alguno, y purificaba su alma llevándose las cenizas de tristeza de sus horas de soledad. Como todos los años, Claudio Francis volvía a su querida Costa Rica para pasar el mes de vacaciones con sus hijos. Al bajar del avión, tras desentumecer las piernas, se dirigió con ella al mostrador de inmigración, exagerando, al sentirse observado, su andar petulante y altanero. Después de recoger su equipaje y colocarlo en el maletero, se subió al taxi y partió hacia su pueblo natal.

Acababa de cumplir 49 años, era moreno oscuro, bastante alto, de complexión atlética aunque con una incipiente curva de la felicidad, portaba gafas de sol de diseño y vestía una camiseta de punto gris, tejanos azules y mocasines de color marrón. Era el único hijo común de una pareja de ticos que reunían, cada uno de ellos, varios hijos habidos de otras relaciones anteriores. Pero a pesar de que tenía todo a su favor para vivir en una familia estable, sus padres no tardaron mucho en separarse. Así que tuvo que emigrar a los quince años a los Estadio Unidos y más tarde a Suiza, sintiéndose desde muy pequeño, como solía decir, “huérfano de padres vivos”.

Durante los tres cuartos de hora que tardó en llegar a su destino, y aunque intentó varias veces evitarlo, recordó los malos momentos que había vivido en los últimos meses. Atrás quedaban diez años de matrimonio con Nadine, una suiza que había sido hasta hacía un año su primera y única esposa. Es cierto que había habido con anterioridad otras mujeres en su Costa Rica natal y que había  llegado incluso a tener con tres de ellas otros tantos hijos. Pero no había sido nada importante, apenas unas horas de pasión compartida, dejando paso libre al puro deseo carnal y rechazando la más mínima sugerencia de la razón.

Con Nadine, todo había sido diferente. Sus comienzos fueron lentos, sobre todo porque ella, cuya blancura era divisable en la oscuridad, necesitó tiempo para desprenderse del prejuicio de color que los separaba. Desde que lo consiguió, habían vivido tan juntos como las dos caras de una misma moneda, sin dejarse apenas espacio ni para que pasara el aire. La conoció recién llegado a Basilea, pocos días después de entrar a trabajar como pulidor de metales en una empresa auxiliar de la industria relojera. Fue en el Café Servette, mientras desayunaba. Se sentó junto a ella y, tras iniciar una conversación intrascendente, consiguió que lo acompañara hasta el trabajo, pretextando que era nuevo en la ciudad y que no conocía la dirección de su empresa.

Pasado San José, el taxi tomó la carretera de Heredia, donde Claudio volvió a contemplar la fachada de la Basílica, construida a finales del siglo XVIII, en la que había permanecido tantas mañanas de domingo, ayudando a misa como monaguillo. La carretera comenzó a ascender hacia el Monte Barva y a los pocos kilómetros la vegetación se hizo tan espesa y exuberante que el propio arcén estaba invadido por cientos de helechos y grumellas gigantes. Esbozó una ligera sonrisa al recordar que a estas últimas las llamaban las “sombrillas de los pobres”. Lo de “sombrilla” estaba claro, ya que el gran tamaño de su hoja circular y el tallo alargado le conferían tal aspecto. Pero que fuera de los “pobres” no se sabía si era porque cualquiera podía arrancarlas o por su escasa utilidad, pues por su endeblez apenas resguardaba de la lluvia, y la ranura que dejaban los bordes de la hoja al reunirse, más que quitar el sol, lo convocaba.

Recostado en el asiento trasero, observó que el taxista tenía una cajetilla de tabaco con un recuadro en negro, en el que se leía: “FUMAR PUEDE MATAR”. En su estado de ánimo, tal leyenda le hizo pensar en que lo que realmente mataba era vivir y en que cualquiera que fuese el camino que se tomase, el último destino siempre era el mismo. Pero, lejos de compartir sus reflexiones con el taxista, lo único que llegó a decirle fue que tal leyenda surtiría poco efecto entre los fumadores, y que si nos advirtieran de todo lo que puede matar, nos quedaríamos más quietos que en una fotografía.

Agotada con dicha conversación sus escasas ganas de hablar, volvió a sus pensamientos, que lo transportaban reiteradamente a la misma perplejidad. No podía comprender que el inmenso y profundo amor que había sentido por Nadine se hubiese evaporado por completo; que algo tan fuerte e intenso, que parecía eternamente duradero, pudiese desaparecer de su futuro para siempre y sin dejar rastro alguno; y que la propia convivencia hubiese servido de escenario para hacer pasar el amor del todo a la nada. Pensó que había podido vivir veintitantos años sin ella y que pasaría el resto de su existencia con el ocasional fantasma de su recuerdo. ¡Nadine era sólo un paréntesis de diez años en su vida! Y lo que era peor: el tránsito del amor a su ausencia, lejos de haber sido inocuo, le había ocasionado un enorme sufrimiento.

Poco antes de llegar a Los Cartagos, el automóvil pasó por delante de la casa en que había nacido Claudio, situada en un poblacho de varias casas adosadas de madera. Al otro lado de la carretera, se encontraba Soda La Gata, una modesta casa de comidas, así llamada por los ojos grandes y verdes de su primera dueña, en la que había pasado muchas horas de su niñez, ayudando a cambio de la comida. Un lugar del que había tenido que escapar para no agonizar de miseria y del que, con su esfuerzo de emigrante, había conseguido sacar a su tres hijos, que vivían ahora en Alajuela.

Aunque en Suiza ya no le quedaba nada, había decido no regresar hasta que sus hijos finalizaran sus estudios universitarios. Mientras tanto, y para burlar el acecho de la asfixiante soledad, intentó entrar en la Banda de Música de su distrito municipal en Basilea. Pero fracasó en su primer intento, pues no sabía leer el pentagrama y lo único que tocaba bien eran los instrumentos de percusión, que no les interesaban. Convino entonces con el director de la Banda que aprendería a tocar instrumentos de viento. Y tras ocho meses de asistencia a clase con la tenacidad del emigrante, logró tocar aceptablemente el trombón de varas, por lo que fue admitido en aquella.

Fue así como se hizo con su segunda compañera. Un antiguo miembro de la Banda le vendió un precioso sacabuche, de marca KING, algo viejo pero en perfecto estado, que llevaba en un estuche negro, y del que no se separaba ni siquiera cuando iba a Costa Rica a visitar a sus hijos. A partir de entonces, supo que con esa nueva compañía la vida sería distinta: no le depararía momentos intensos de amor, pero tampoco de dolor, lo que a los 49 años, y viendo el camino que había andado, no era poco.

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