La paciencia del resto de España

La Voz de Galicia

Como es sabido, Job es el paradigma de la paciencia porque fue sometido por el diablo a numerosas adversidades (enfermedades, arruinarse, repudio de su mujer y fallecimiento de sus hijos), a pesar de lo cual no dejó de alabar al Señor. Espero no faltar al debido respeto a las Sagradas Escrituras si digo que no estoy muy seguro de que Job pudiera soportar la calamidad de la actuación política de los partidos que gobiernan hoy en Cataluña.

En efecto, por citar solo lo más reciente, el portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados, refiriéndose a una carta enviada por Artur Mas al presidente del Gobierno, afirmó: «Es la puesta de largo de Cataluña, una entrega de credenciales ante España y el mundo», y añadía: «Estamos maduros para decidir nuestro destino». Después de hablar de plantear una consulta de autodeterminación, el Gobierno de la Generalitat, de acuerdo con su estrategia política habitual, pide inmediatamente más ayuda económica: solicita al Fondo de Liquidez Autonómica 325 millones de euros más, con lo que esa comunidad autónoma pasaría a recibir 9.398 millones, más del 40 % del total del fondo.

No tengo duda alguna de que Artur Mas conoce la Constitución y de que, por tanto, sabe perfectamente que la soberanía nacional reside en el pueblo español. No ignora tampoco que Cataluña, siendo una nacionalidad histórica, no es más que una comunidad autónoma que junto con las dieciséis restantes constituyen los entes territoriales que conforman nuestro Estado. Y es consciente asimismo de que si puede hacer cualquier planteamiento político y hasta peticiones de ayuda económica en nombre de Cataluña no es porque tenga otra legitimidad que la que le viene de la Constitución. Artur Mas habla en nombre de Cataluña porque es el presidente de esta comunidad autónoma, elegido de acuerdo con el procedimiento electoral que hunde sus raíces en nuestra Carta Magna.

Si lo que antecede es así, ¿por qué este ciudadano español -sin que importe lo que se sienta, porque es, aunque no lo desee, un español- nos da tanto la vara al resto de los sufridos españoles? ¿Hay alguna razón, como no sea un extraordinario ejercicio de paciencia, para que los demás tengamos que aguantar una y otra vez sus planteamientos ilusorios y sus amagos táctico-económicos de secesionismo? ¿Cómo es posible que un ciudadano en pleno uso de sus facultades mentales no sienta vergüenza al decir que la carta de Artur Mas supone «una entrega de credenciales ante España y el mundo»?

Los secesionistas catalanes saben que mientras no se reforme la Constitución la secesión solo es posible con el voto favorable de la mayoría del pueblo español. Y eso se me antoja imposible en este momento. ¿Por qué el Gobierno de Cataluña no se dedica entonces a gestionar con eficacia su patrimonio en beneficio de los catalanes y se dejan de despilfarros en sueños independentistas imposibles? ¿No será que solo valen para eso?

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