La gestión de la propia vida

La Voz de Galicia
Sábado, 28 de marzo de 2009

Aunque pudiera pensarse lo contrario, la vida se asemeja más de lo que parece a la empresa. Basta leer la primera acepción gramatical de esta palabra: “una acción ardua y dificultosa que valerosamente se comienza” para comprobar que, incluso para los que les va mejor, la vida tiene mucho de “acción ardua y dificultosa”. Pero, más allá de otras posibles coincidencias lo que me interesa destacar es que la vida, como la empresa, no puede ser dejada al albur, sino que necesita ser sabiamente gestionada.

Al igual que en la empresa, en la vida se parte con un patrimonio fundacional. En aquélla, el capital se rige inicialmente por el principio de la determinación o certidumbre, porque sus fundadores no sólo fijan voluntariamente su cifra, sino también los bienes y derechos que le sirven de respaldo. En la vida, en cambio, el capital que recibimos cada uno al nacer, es un misterio y, sobre todo, está fuera del designio humano: venimos al mundo con unas cualidades físicas e intelectuales que son específicas para cada uno de nosotros, pero sin que nos venga explicado porqué se nos dan esas y no otras, ni porqué unos son más afortunados que otros en el reparto.

Pero aún con esta importante diferencia, lo cierto es que la vida y el patrimonio de la empresa, lejos de ser estáticos e invariables, son dinámicos y cambiantes. El patrimonio empresarial cambia de naturaleza desde el momento mismo en que comienzan las operaciones empresariales (el dinero se transforma en bienes y éstos vuelven a generar dinero, y así sucesivamente), y aumenta o disminuye en función del éxito o del fracaso de la gestión.

Y algo parecido sucede con nuestra vida: desde que nacemos nos vamos transformando física e intelectualmente. Es verdad que en la vida hay factores difícilmente controlables, pero también lo es que se soportan mejor los vaivenes que se ciernen constantemente sobre ella, si se atina con las medidas para minimizar su impacto. Pues bien, gestionar acertadamente la propia vida no es más que tener acierto a la hora de hacer las diligencias convenientes en cada uno de nuestros ámbitos (el personal, el familiar, el profesional, el del ocio y el social) para controlar el riesgo de vivir.

No hay una receta para conseguir el éxito en la gestión. Pero invertir en el desarrollo personal, sobre todo para hacerse con una buena y sólida escala de valores; dedicar las horas necesarias para disfrutar con la familia; formarse profesionalmente lo mejor posible sin tener excesiva prisa por salir al mercado laboral; gozar con las aficiones, y dedicar el tiempo necesario para cultivar la amistad, son actos de gestión de la propia vida que conducirán probablemente al éxito vital.

Y más aún si se añade un ingrediente final: vivir equilibradamente, sin descompensar un ámbito en favor de otro. Porque en la vida, al contrario que en la empresa, no rige la ley del máximo beneficio, sino la de conseguir los mayores momentos posibles de felicidad.

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