La escenificación teatral de la política

La Voz de Galicia
Domingo 19 de septiembre de 2010

Escenificar significa, en su segunda acepción, «poner en escena una obra o espectáculo teatral». Y «escena» quiere decir, en su octava significación, «acto o manifestación en que se descubre algo de aparatoso, teatral, y a veces fingido, para impresionar el ánimo». Hablar, por lo tanto, de la escenificación teatral de la política implica afirmar que estamos ante la manifestación aparatosa, teatral y hasta fingida de la actividad política con el fin de impresionar el ánimo de los ciudadanos.

Es posible que este punto de partida pueda parecer exagerado. Pero, a poco que revivamos en nuestra mente las imágenes de nuestros políticos que nos trasmiten a diario las televisiones, comprobaremos la enorme carga teatral que tienen sus intervenciones. Aparecen en entrevistas, ruedas de prensa y debates parlamentarios como si fueran actores de reparto llamados a interpretar un papel previamente aprendido, en el que más que su contenido, lo que interesa es la parafernalia de la propia escenificación y, sobre todo, la representación fingida del intérprete.

Y es que es tal la importancia actual de la cultura de la imagen que la política se ha convertido en un pack de contenidos, enlatados o en directo, cuyo objetivo esencial es atraer hacia sí la voluntad o el voto de los ciudadanos espectadores. Pero para no ser acusado de quedarme en el plano de lo puramente abstracto, me voy a referir a un ejemplo de estos días.

Para lograr que sea un éxito la huelga general convocada para el próximo día 29 del presente mes, las cúpulas de los dos sindicatos mayoritarios han puesto en marcha dos actuaciones de distinto género. Una de ellas consiste en la celebración de reuniones con trabajadores, ya sea sindicalistas liberados, ya operarios con curro real, cuya finalidad es, además de hacer patente una supuesta demostración de fuerza, infundirles la esperanza de que, si la huelga llega a ser de verdad general, el Gobierno se verá obligado a rectificar su proyecto de reforma del mercado laboral.

En este ámbito, el papel que se reitera machaconamente en las televisiones, como si se tratara en cada mitin de la repetición de la misma función teatral, es el de uno de los líderes sindicales diciendo desde un atril en referencia al Gobierno: «Tendrá que rectificar». El otro instrumento, que más explícito de lo que aquí sostenemos no puede ser, es nada más y nada menos que una obra teatral audiovisual en la que se interpretan con notable desacierto papeles de empresario y de trabajadores.

Otro ejemplo, menos preciso, de lo que digo son las múltiples comparecencias televisadas, en directo o no, de nuestros dirigentes políticos en las que interpretan melodramáticamente sus consignas con una gesticulación afectada, una reiteración maniquea (su partido es el bueno y el contrario el malo), y una puesta del énfasis en lo obvio tan evidente que las privan de toda credibilidad.

La reducción de la actividad política a su pura escenificación teatral puede que produzca réditos electorales. Pero es tan desilusionante que está provocando un alarmante desinterés de nuestra juventud por la política.

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