La actualización del significado de las palabras

La Voz de Galicia
Sábado, 2 de febrero de 2008

Fiel a su lema de “Limpia, fija y da esplendor”, la Real Academia Española no ha dejado de trabajar en el perfeccionamiento y actualización del Diccionario de la Lengua Española. Y es que, como ya se indicaba en la ADVERTENCIA que precede a la “décimatercia” edición del citado Diccionario publicada en 1.899, “la Academia se ha dedicado con toda asiduidad a perfeccionar su obra en cuanto le ha sido dable, rectificando etimologías, corrigiendo definiciones, suprimiendo superfluidades, enmendando errores y aumentando el caudal de voces…”.

Precisamente, una de las palabras que todavía en esta edición de 1899 tenía una significación excesivamente descriptiva y no muy correcta era “perro”, cuya primera acepción decía así: “Mamífero carnicero, doméstico, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola más o menos enroscada a la izquierda y de menor longitud que las patas posteriores, una de las cuales abre el macho para orinar”. Es verdad que entonces eran tiempos en los que el lenguaje no tenía que ser políticamente correcto. Pero no me negarán que decir de los perros que tienen siempre la cola más o menos enroscada, pero a la izquierda, y definirlos atendiendo al modo en que orinan los machos, podría ser hoy criticado por ser una definición de izquierdas (ya que nada dice de que la cola puede enroscarse a la derecha)  y machista (porque no nada dice de las hembras). Por fortuna, esa definición se corrigió en ediciones posteriores, hasta tal punto que en la vigésima segunda edición se ha suprimido toda referencia a la cola, al lugar hacia el que se enrosca, a la proporción que guarda con las patas y al modo en que orina el macho.

Hay alguna otra palabra que, si bien ha ido sufriendo sucesivas correcciones que la han ido mejorando, a día de hoy creo que no expresa con exactitud y precisión su verdadero significado. Me refiero a la palabra “senectud”. En la citada edición de 1899, esta palabra significaba: “Edad senil, periodo de la vida que comúnmente empieza a los sesenta años”. Puede ser que a finales del siglo XIX nuestros académicos de la lengua no fueran muy desencaminados al fijar en los sesenta años el umbral de la vejez. Pero lo que ya no parece muy acertado es haber mantenido este significado, por lo menos, hasta la vigésima edición, del año 1984.

Es en la edición vigésima segunda edición del año 2001, cuando se actualiza su significación. Se sustituye la acepción anterior por la más correcta de “Período de la vida humana que sigue a la madurez”. Pero cuando parecía que se había logrado una buena actualización por haber suprimido la referencia a una edad concreta, nuestro Diccionario retoma esta inadecuada práctica en la palabra “viejo”, que pasa a significar: “se dice de la persona de edad. Comúnmente puede entenderse que es vieja la que cumplió 70 años”. Auque no soy quién, me atrevo a sugerir a nuestros académicos que no utilicen la edad para precisar, porque pueden llegar a ser tan “filológicamente” incorrectos como cuando definían al perro en 1899. No ganan nada y pueden incomodar a muchos, porque cada vez son más los que no se consideran seniles a los 70 años.

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