Fortalezas y debilidades de las negociaciones políticas

La Voz de Galicia
Lunes 06 de septiembre de 2010

En los próximos días, el Gobierno va a verse obligado a desarrollar una intensa actividad política de negociación; es decir, va a tener que iniciar tratos dirigidos a la conclusión de un pacto. El primer asunto que va a requerir esta actuación negociadora es la confección de los Presupuestos Generales para el año 2011, y el segundo, podría ser la reforma laboral en caso de que resultara un éxito la huelga general convocada por los sindicatos mayoritarios para el día 29 de este mes.

Las actitudes que han dejado traslucir los implicados parecen revelar una mayor sensación de fortaleza en los que tienen menos poder. Así, a la posición sumamente exigente del Partido Nacionalista Vasco se contrapone una postura transigente del Gobierno. Y frente a la exigencia de «rectificación» de la reforma laboral que manifiestan los sindicatos, dando ya por exitosa una huelga todavía no celebrada, el Gobierno reitera su voluntad de seguir dialogando con aquellos con vistas a mejorar la difícil situación en la que se encuentra la población activa.

Si tuviéramos que valorar las posiciones de las partes negociadoras por las armas que blanden públicamente, tal y como hacen algunos animales ante de enzarzarse en la pelea, habría que considerar ganadores a los que negocian con el Gobierno. Este muestra tal necesidad de alcanzar el pacto que se convierte en debilidad, y genera la apariencia de que es al único que le interesa. Es tal la actitud cortejadora que tiene el Gobierno con sus negociadores que es lógico que produzca en ellos engreimiento. Por eso, se comprende que otros protagonistas hayan salido a la escena política para animar al cortejado a que desdeñe al pretendiente y lo obligue a convocar elecciones generales.

Y es que mostrar debilidad no parece la mejor actitud para iniciar los tratos que deben desembocar en el pacto. La sensación de endeblez inherente en la propia necesidad de alcanzar el acto por uno de los negociadores produce en el otro el consiguiente aumento de su arrogancia. Y desde esta posición altanera que se deja alcanzar al contrario, es mucho más difícil llegar a un acuerdo que no consista en otorgarle todo lo que previamente había exigido. Dejar que públicamente se crezca en exceso al otro negociador es un inconveniente añadido para lograr el pacto, que hubiera sido perfectamente evitable de haber puesto desde el principio sobre el tapete las enormes fortalezas negociadoras que tiene el Gobierno, como sucedió por ejemplo hace bien poco en las negociaciones con los controladores aéreos.

Con que un Gobierno con credibilidad hubiera aludido a la posibilidad de nuevas mayorías de gobierno en alguna diputación foral vasca; o hubiera manifestado que prefiere el adelanto electoral a romper la unidad de la caja de la Seguridad Social, existiría la reconfortante sensación de que no va a haber pacto a cualquier precio.

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