Escritor de sentimientos

La Voz de Galicia
Miércoles, 27 de febrero de 2002

Escribir es tender un puente, hecho de palabras, para que las ideas pasen de nuestra mente al mundo de lo sensible. Quien escribe –o lo que es lo mismo- quien representa sus pensamientos con letras, es, por este solo hecho, escritor. Pero no todos los que escriben son tenidos por tales.

Antonio Gala ha dicho que escribir es pasarse un folio en blanco por el alma. Es cierto. Sobre todo si, como suele hacer él, se escribe sobre sentimientos. Pero no todas las almas son iguales y no todos los folios, después de ser pasados por ellas, quedan impresos de la misma manera.

La mayoría de nuestras almas son mediocres, es decir, de calidad media. Son almas dispuestas para recibir más que para dar, para ser espectadoras más que protagonistas, para ser ilusionadas más que para ilusionar. Son almas que pueden experimentar toda clase de sentimientos, que pueden amar y odiar, gozar y sufrir. Pero que no son capaces de convertir el dolor o el placer, la tristeza o la alegría, en sensaciones que puedan conmover a los demás. Por eso, pasar un folio por un alma mediocre puede traducirse en escritura, pero no convertir a su autor en escritor de sentimientos.

Hay otras almas –las menos- que están hechas de sensibilidad. Por ello, están especialmente dotadas para captar todo tipo de impresiones y transformarlas en ideas. Cuando una de estas almas ama la escritura, puede construir puentes de palabras por los que transitan los más delicados sentimientos, que penetran hasta lo más profundo de nuestros sentidos, haciéndonos experimentar las más sublimes sensaciones. Para ser escritor de sentimientos es necesario tener un alma hecha de sensibilidad y amar las palabras. Pero no es suficiente. Porque aunque se tenga un alma por la que se puede pasar un folio en blanco y un amor por las palabras que asegure una buena impresión, todavía falta algo para llegar a ser considerado como escritor de sentimientos.

Falta el amor recíproco, el amor correspondido. Solo cuando las palabras aman también al escritor, es cuando se produce la más bella y plena impresión del alma en el papel. Porque cuando un alma sensible, que es amada por la escritura, desliza sobre sí el folio en blanco, queden impresas no solo las palabras amadas por el alma, sino otras, las más brillantes, que se despegan de ella incontroladamente para ir en busca de su amado. Por eso, sólo llega a ser escritor de sentimientos el que los tiene, ama las palabras y es correspondido por ellas. Tal escritor cala en los lectores porque los puentes de palabras que tiende entre ellos y sus sentimientos no se deben sólo a él, sino que los construye ayudado por la escritura.

Amar las palabras es una pasión, que te amen ellas es un privilegio. Por esta razón, son muy pocos los que llegan a ser escritores de sentimientos. Los demás hemos de contentarnos disfrutando intensamente de las palabras que nos prestan para expresar los nuestros.

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