El voto electoral como mercancía

La Voz de Galicia
Domingo, 11 de noviembre de 2007

De todos es sabido que, en las democracias, los partidos políticos ofrecen a los ciudadanos los programas con los que gobernarán, en caso de ser elegidos, durante la correspondiente legislatura. Los programas consisten, por lo tanto, en una declaración previa de cada formación política respecto de lo que se compromete a hacer en caso de gobernar. Razón por la cual el contenido de los distintos programas consiste en propuestas concretas sobre el modo en que se van a gestionar los distintos aspectos de la vida ciudadana.

De acuerdo con este planteamiento, parece lógico esperar del partido que forme gobierno que se dedique intensamente a ejecutar actos a través de los cuales se vayan cumpliendo las distintas promesas hechas a los ciudadanos. De los partidos de la oposición, se espera una crítica positiva de las propuestas del partido en el Gobierno, lo cual implica el planteamiento de otras alternativas que supuestamente mejoran aquellas. De lo que se acaba de decir se desprende que, si el Gobierno y la oposición se dedicaran a las tareas que tienen democráticamente encomendadas, no solo tendrían que desplegar a un arduo y duro trabajo, sino que de su actuación se derivarían beneficios indiscutibles para todos los ciudadanos.

Pues bien, si se vuelve la vista atrás y se valora lo que han hecho el Gobierno y la oposición en esta legislatura que está a punto finalizar, se comprueba que más que a gobernar y a hacer oposición crítica, se han dedicado, desde el comienzo de la legislatura, a luchar encarnizadamente para ganar las próximas elecciones. Y aunque es verdad que la contienda política implica competir para obtener el poder, también lo es que la actuación de los partidos no puede reducirse a esta lucha.

No es exagerado afirmar que la actuación del Gobierno y de la oposición en la presente legislatura parece haber deformado la actividad genuina de los partidos hasta convertirla en una especie de conquista competitiva de votos en el mercado. Hasta tal punto es esto cierto que la propaganda política se parece cada vez más a la publicidad comercial. Y ello no solo porque las siglas de los partidos y los nombres de los líderes se utilizan ya como si fueran verdaderas marcas comerciales, sino porque la contienda para captar los votos, más que basarse en propuestas informativas, se traduce en mensajes persuasivos y agresivos, que lo único que pretenden es captar el voto electoral como si fuera una mercancía.

Desconozco las razones del giro que parece haberse producido en la actuación política y tampoco puedo decir si perdurará. Pero lo que sí se puede afirmar es que el voto de los ciudadanos no es una mercancía y que es manifiestamente antidemocrático convertir toda una legislatura en una larga, tediosa, insoportable, ineficiente e inútil campaña electoral. Los ciudadanos merecemos otra cosa.

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