El "tostada" y los palmeros

La Voz de Galicia
Domingo 12 de diciembre de 2010

Durante el último verano, Luis Pousa nos deleitó describiendo en este periódico con su habitual precisión y su notable sentido del humor una serie de personajes grotescos. En la misma línea, y para que puedan evadirse de la que nos está cayendo, se puede completar aquella galería con otros dos sujetos que son más frecuentes de lo que parece en nuestra sociedad actual: el “tostada” y los palmeros.

El “tostada”, y hablo en masculino porque es en este género donde más abunda, es un personaje que nace y se hace. De niño, suele algo enclenque y desde su más tierna infancia contrasta la poca inclinación que muestra por hacer deporte con la clara vocación que siente por todo lo relacionado con los libros y el saber. Por eso, es brillante en el bachillerato, alumno destacado en la carrera y, en su caso, eficaz opositor. Y cualquiera que sea la vía, acaban formando parte de los cuerpos de profesionales de élite.

Con este perfil, no es aventurado afirmar que estamos ante una persona poco agraciada con el don de la simpatía. Dicho llanamente es, y de ahí su nombre, un auténtico “tostada” o pelmazo. Los más prudentes de entre ellos lo saben, de aquí que sean personajes taciturnos, que hablan poco y, por lo general, solo cuando les preguntan. Pero los hay que piensan que su indiscutible valía acreditada en el mundo del saber es extensiva a todos los demás ámbitos, y llegan a creerse hasta ocurrentes y graciosos. Tanto aquél tipo como éste estarían más solos que la una de no ser porque su poderoso intelecto los lleva con el tiempo a ocupar los puestos más destacados en la vida económica y social.

Y por aquí surge la especie de los palmeros. Éstos suelen ser sujetos inofensivos, individuos grises que aceptan sin discusión alguna la primacía del “tostada” y que cumplen la misión de hacer que la vida de éste sea lo más placentera y agradable posible. No discuten jamás, están dispuestos a hacer todo lo que decida el “tostada” al que jalean, y están especialmente entrenados para reír: se carcajean de cualquier chanza, aunque esté muy justita de gracia, por el solo hecho proceder de la boca del “tostada”.

Aunque pueda parecer lo contrario, la simbiosis entre el “tostada” y los palmeros es fructífera para ambas especies. Al “tostada” -que más que amigos suele tener vasallos-, los palmeros lo salvan de la soledad a la que estaría irremisible condenado por su falta de atractivo y generosidad. Hasta tal punto tratan de hacerle la vida fácil y placentera al “tostada”, que en el código de todo buen palmero figura que nunca debe pedirle favores. A pesar de esto, la asociación con el “tostada” también es beneficiosa para el palmero, porque, aunque llegue a tener agujetas en la cara de tanto reírle forzadamente sus “singracias”, le basta con poder presumir ante los demás de que se trata con él. Claro que cuando el “tostada” de turno pierde el poder sus palmeros actúan como las ondas del agua remansada cuando se arroja una piedra: se van alejando hasta desparecer.

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