El tiempo y la vida

La Voz de Galicia
Sábado, 6 de marzo de 2004

Gabriel García Márquez encabeza su obra Vivir para contarla con la siguiente frase: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Recientemente, J. M. Caballero Bonald ha publicado una recopilación de su obra poética con el título, no menos sugerente, de Somos el tiempo que nos queda.

Hace algunos años, en un bar de un pueblo marinero de Galicia, charlaba un grupo de pescadores de diferentes edades, sentados en torno a una mesa de mármol blanco con patas de hierro pintadas de negro. En un momento de la conversación, el de mayor edad sacó un metro del bolsillo de su chaqueta y lo extendió sobre la mesa. Seguidamente, fue preguntando a cada uno cuántos años tenía, al paso que marcaba sobre el mármol cada cifra que escuchaba, poniendo un punto con su lápiz encima del correspondiente centímetro del metro. Finalmente, señaló sus setenta y seis años y, volviéndose hacia ellos, dijo: si nuestra vida dura, por lo general, menos años que centímetros tiene el metro, mirad lo que lleváis vivido y lo que os puede quedar por vivir.

Situados en el presente de nuestra vida, cabe preguntarse: ¿qué somos?, ¿lo que recordamos?, ¿el tiempo que nos queda?, ¿ambas cosas a la vez?, o ¿los centímetros que hemos avanzado sobre el metro?

No es fácil elegir una sola de estas opciones. Porque si es verdad que somos lo que recordamos y cómo lo recordamos, no lo es menos que también forman parte de nosotros los momentos de la vida que olvidamos. Y no sólo porque lo olvidado, para llegar a serlo, tiene que haber sido vivido, sino, sobre todo, porque el olvido puede convertirse fácilmente en recuerdo y lo recordado en un tiempo puede caer más tarde en el olvido.

La afirmación de que «somos el tiempo que nos queda» es tanto más verdad cuanto menor sea la duración de lo vivido. En nuestros primeros años, somos más el tiempo que nos queda que el que llevamos consumido. Somos sobre todo un proyecto de vida al que le falta precisamente tiempo. Pero, a medida que cumplimos años, reducir todo lo que somos al tiempo que nos queda, supone privar casi por completo de valor al pasado. Es como si no pudiéramos volver la mirada hacia la huella que vamos dejando. Creo, por ello, que cuanto más camino recorremos, somos más lo que hemos andado que lo que nos queda por caminar.

Quien mejor ha visto lo que somos es el viejo marinero gallego, que, tras marcar los años en el metro, invita a mirar hacia los dos lados: el tiempo real ya vivido y el incierto que queda por vivir. El peso de uno y otro lado depende del centímetro en que nos encontremos. Cuanto más avancemos en el metro, somos más lo que hemos vivido, recordado u olvidado, pero somos también el tiempo que nos queda. Tratándose de la vida y el tiempo, nada sobra.

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