El rey y Cataluña

La Voz de Galicia

Al regular la Corona, nuestra Constitución considera al rey símbolo de la unidad de España y, entre otras, le atribuye la función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Pues bien, el más apolítico de nuestros ciudadanos medianamente informados sabe que el Gobierno recientemente constituido de la comunidad autónoma de Cataluña pretende convocar un referendo ilegal para separarse de España.

Lo sorprendente es que la Constitución, de la que emana precisamente la legitimidad del Gobierno de Cataluña, proclama con absoluta claridad la unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y dispone que la soberanía nacional reside en el pueblo español. Es decir, no hay otras soberanías, por muy importantes y supuestamente desiguales que sean otras regiones y nacionalidades. Por eso, la desafortunada iniciativa del Gobierno catalán supone en sí misma un desafío de consecuencias insospechadas: como ha dicho el presidente Mas, ha puesto a navegar un barco en rumbo de colisión contra el barco de todos que es España.

Ante este serio e irracional reto político, el presidente Rajoy respondió el 29 de noviembre remitiéndose a la ley y el diálogo, y advirtiendo que «juntos nos va a ir muchísimo mejor a todos». Por el diálogo parece abogar también el presidente Mas, el cual, después de advertir del indicado riesgo de colisión, añadió: «Todos debemos comprometernos a evitarlo». Ambas partes parecen desear, pues, que no se produzca el impacto. Pero cabe preguntarse si existe alguna posibilidad de que dialoguen y de que logren algún acuerdo beneficioso para ellas, y no solo para Cataluña como ha venido sucediendo hasta ahora. No suelo pecar de pesimista, pero me temo que la respuesta es negativa: Mas cree haber descubierto una aparente debilidad en el Gobierno de España y ello, unido a su enfermizo complejo de inferioridad, induce a pensar que será muy improbable hacerlo desistir de su ensoñación soberanista.

Así las cosas, y después de escuchar el discurso navideño del rey, hablando de la política «grande», esa que «busca el entendimiento y el acuerdo para resolver los grandes y fundamentales desafíos colectivos» -y el problema planteado por Cataluña es quizás el mayor de todos-, me pregunto si no ha llegado el momento de que se ponga en juego la función arbitral y moderadora del monarca. El rey tiene que convencer al PP y al PSOE de que han de adoptar una postura única y común frente a tal desafío. Que no sea solamente el barco del PP el que intente parar el golpe del secesionismo, sino un buque mucho más fuerte integrado por los dos partidos que reúnen los votos del 80 % de los españoles. Si el rey lograra el acuerdo entre los dos partidos, prestaría otro servicio impagable a España, y la norma que le atribuye esa función arbitral y moderadora dejaría de parecer un precepto retórico destinado a embellecer nuestra Carta Magna.

 

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