El largo pero imparable camino hacia el escepticismo

La Voz de Galicia
Sábado, 20 de septiembre de 2008

Desconozco si nuestra vida ha sido o no planificada, y caso de serlo a quién ha de imputarse la autoría. Pero a poco que uno vuelva la vista reflexivamente hacia lo que lleva vivido, caerá en la cuenta de que su “yo” de hoy es muy diferente al de su primeros años y de que, lejos de haber experimentado cambios bruscos y muy marcados, se ha ido haciendo poco a poco e imperceptiblemente.

En el devenir en que consiste nuestra vida, en el que más que ser, estamos siendo, el primer abrazo que recibimos nos lo da la inocencia. Por eso, en nuestros primeros años, sea cual sea la atmósfera que nos rodee, incluso aunque se trate de la más atormentada y hostil, expelemos candor. Es la edad de la ingenuidad, de la pureza de ánimo, de las ilusiones, porque la exposición al virus maligno que portan los adultos no ha sido todavía lo suficientemente intensa como para contagiarnos.

Pero a medida que vamos creciendo, es como si lo que ganáramos en altura lo fuéramos perdiendo en inocencia. Y esto no es algo que le suceda solo a alguno de nosotros, sino que es un mal que sufrimos todos, como si tuviéramos que recorrer un camino común que nos conduce indefectiblemente a volvernos, cada vez, más resabiados.

Lo reseñable es que se trata de un camino que no se tarda mucho en recorrer. Y si me apuran, hasta diría que cada vez menos. Lo cual se debe, no a que el tiempo transcurra ahora más deprisa que antes, sino a que en la época en que nos está tocando vivir, los niños, sin dejar de serlo, entran muy pronto en contacto con el mundo de los adultos. Y como aquéllos tienen una gran capacidad de absorción y aprenden al imitarnos, nos copian también nuestros peores defectos y se vuelven progresivamente más maliciosos.

Iniciado a tan temprana edad el camino de la malicia, ya no es fácil volver a sentir una sana ilusión por algo. Porque la vida parece mostrar que se saca más partido por caminar torcidamente que por andar derecho, que es más útil mentir que decir la verdad, ser un sinvergüenza que ser honrado, desacreditar y deshonrar falsamente a los demás que reconocerles todo el crédito y el honor que se merecen y, en fin, conducirse sin respetar los valores que comportarse éticamente. En este discurrir tan tortuoso, al arribar al puerto de la madurez, las decepciones han sido tantas y de tal envergadura, que no es extraño recelar de casi todo.

Es entonces cuando empieza a invadirnos esa sensación “de estar de vuelta de la vida” que nos induce a desconfiar de todo lo humano, excepción hecha de lo que suele ser más auténtico: el amor de la familia y el tesoro de la verdadera amistad. Pero estos “antídotos” que pueden ayudarnos a contrarrestar los efectos negativos del escepticismo no los generamos de manera espontánea y por el sólo hecho de nacer. Por eso, si se tiene la inmensa fortuna de poseerlos, no hay que dejar de cultivarlos convenientemente a lo largo de la vida.

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