El control de los clubes de fútbol

La Voz de Galicia
Domingo, 21 de enero de 2007

Como escribí en La Voz de Galicia del pasado 5 de noviembre, la Ley del Deporte de 1990 saneó económicamente el mundo del fútbol profesional a cambio de que la mayoría de los clubes de fútbol de 1ª y 2ª División se convirtieran en sociedades anónimas deportivas (en adelante s.a.d.). Al legislador de entonces no le bastó con obligar a que los clubes fuesen, sin más, sociedades anónimas -figura calificada por la doctrina como «la más perfeccionada en el arsenal de las formas jurídicas asociativas»-, sino que reguló para ellos un tipo especial de sociedad anónima, que denominó «deportiva».

Este adjetivo «deportiva» da a entender que la regulación de los clubes de fútbol no es exactamente la misma que rige, en general, para las sociedades anónimas. Lo cual es cierto en un doble sentido: en muchos aspectos, las s.a.d. están regidas por normas más rigurosas que las de las sociedades anónimas ordinarias y están sometidas al control específico de la Liga de Fútbol Profesional y del Consejo Superior de Deportes. Así, por ejemplo, están sujetos a control, entre otros, los siguientes asuntos: el proceso mismo de constitución de una s.a.d., los cambios de accionistas, los presupuestos de ingresos y gastos, las cuentas de los clubes y los acuerdos sociales que se adopten en la juntas de socios. Por su parte, el control se ejercita no sólo con base en un deber de los clubes de notificar tales acontecimientos, sino en la posibilidad de ordenar la realización de auditorías complementarias e incluso de impugnar sus acuerdos sociales.

A la vista de lo que antecede, no es exagerado afirmar que el legislador quiso someter a las s.a.d. a un fuerte intervencionismo administrativo, diseñado, en principio, para que no volviera a producirse la ruina del fútbol. El tiempo ha demostrado que el sistema fracasó, y que esa regulación especial no ha podido evitar que los clubes de fútbol estén actualmente mucho más endeudados de lo que lo estaban entonces. No es extraño preguntarse a qué se debe este rotundo fracaso.

Es posible que existan otras razones, pero, para mí, una de las más relevantes es que no se acertó a la hora de elegir las instituciones a las que se confió el control de las s.a.d. En efecto, la Liga de Fútbol Profesional está formada por los propios clubes de fútbol, por lo cual a nadie debe sorprender que no funcione el autocontrol. En los tiempos que corren, incluso el más confiado de los mortales espera poco de un sistema en el que los controladores y los controlados son los mismos. Por su parte, el Consejo Superior de Deportes es una institución de carácter político, y como el mundo del fútbol parece arrastrar muchos votos, no es impensable que intente evitar a toda costa la adopción de decisiones impopulares.

Pues bien, si de verdad se deseara poner fin a este descomunal descalabro económico en el que está inmerso el mundo del fútbol, parece que se debería empezar por instituir una verdadera autoridad de control, siguiendo el modelo de las que ya existen en otros ámbitos y que vienen funcionando con satisfacción, como por ejemplo la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Y una vez creada tal autoridad, debería estar integrada por personas capaces y verdaderamente independientes, a las que habría que someter a un severo régimen de responsabilidad para que no incumpliesen sus obligaciones de control.

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