Ciudadanos desconcertados

La Voz de Galicia
Miércoles, 11 de enero de 2006

En su cuarta acepción gramatical, el verbo desconcertar significa «dicho de personas o cosas que estaban acordes: desavenirse». Y desavenencia quiere decir «oposición, discordia, contrariedad». No exagero al afirmar que en los últimos tiempos los partidos políticos y sus medios de comunicación afines están provocando que los ciudadanos nos desavengamos, esto es, que desparezca la avenencia a que se había llegado durante la transición.

Durante los últimos veinticinco años, los ciudadanos nos fuimos habituando al juego dialéctico de la democracia parlamentaria. A la sorpresa inicial que podía producir en el ciudadano medio el hecho de que todo lo que hacía o proponía el partido en el Gobierno era sistemáticamente criticado por la oposición, siguió una época en la que se fue asentando un orden democrático en el que acabamos acostumbrándonos a la dialéctica crítica, a veces exacerbada, entre la mayoría gobernante y la minoría de la oposición.

Sin embargo, en lo que va de legislatura el nivel de crispación entre los partidos y ciertos medios de comunicación ha crecido tanto que se puede afirmar que hay dos grupos nítidamente conformados de ciudadanos, cada uno de los cuales se informa exclusivamente a través de una determinada fuente audiovisual. Así, mientras unos sólo oyen una radio determinada, leen un periódico concreto y ven las cadenas de televisión próximas al partido en el Gobierno, otros sólo escuchan la cadena de radio, leen los periódicos y ven las cadenas cercanas a las tesis de la oposición. Y aunque cierto que anteriormente también existía esta suerte de bipolarización, lo característico de nuestros días es el progresivo aumento de los que se alinean en uno u otro bando y su respectiva radicalización. De tal modo que hoy los ciudadanos de cada uno de estos dos grupos solamente escuchan lo que le comunican los suyos, despreciando ab initio la versión de los contrarios.

Lo que antecede implica que va decreciendo el grupo —ya de por sí minoritario— de los que desean recibir más información que opinión y que aquélla esté lo menos adulterada posible. Este grupo de ciudadanos, que también tienen preferencias sobre las fuentes de información, se diferencian de los otros dos en que son capaces de oír, ver y leer sin prejuicios los distintos medios de comunicación presentes en nuestro mercado.

Pues bien, hoy los ciudadanos, sea cual sea el grupo al que pertenezcan, están desconcertados: perciben que un mismo hecho es relatado de manera muy diferente según cuál sea el partido político y el medio de comunicación de que se trate. Los de los dos grupos radicalizados, al creer firmemente cada uno en su propia versión, consideran falsa y partidista la del contrario.

Y los que carecen de prejuicios, al ser tan diversas las dos versiones, tienen también muy complicado llegar a conocer la realidad de lo sucedido. Va desapareciendo así progresivamente la avenencia de la transición, que es sustituida por la creciente discordia de los grupos radicalizados, que exageran y deforman su versión de los hechos, poniendo sobre ellos el cristal de aumento de su intransigente ideología.

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