Cifras de paro y dramas personales

La Voz de Galicia
Domingo 13 de febrero de 2011

E l hecho de que cada mes se publique la cifra del paro puede producir el efecto indeseado de que los ciudadanos veamos un simple dato estadístico donde hay, sin duda, una multitud de dramas personales. Los medios de comunicación se hicieron eco estos días de que en el mes de enero de este año perdieron su empleo 130.930 personas. Lo cual ha elevado la cifra del paro total a más de 4.200.000 ciudadanos.

No hay que prestar mucha atención para darse cuenta de que los políticos encargados de valorar estas cifras lo hacen desde una óptica puramente numérica: si subió o bajó en relación con el mismo mes del año anterior, o si la tendencia es positiva o negativa en relación con el período anual precedente. Es su función, y no quiero caer en la afirmación demagógica de que pueden efectuar tan fríamente dichas consideraciones porque ellos mismos no son uno de esos ciudadanos que ha perdido su empleo. No sería objetivo si dejara de recordar que en tanto que políticos que deben su cargo al resultado electoral, están seriamente expuestos a perderlo y, consecuentemente, a quedarse sin trabajo.

Sin embargo, a poco que se medite sobre el creciente aumento del paro se comprobará que detrás de cada una de las personas que pierden su empleo hay un drama personal. La seguridad que existía, mientras se conservaba el trabajo, de percibir una remuneración fija al final de mes se convierte, cuando menos, en una doble incertidumbre: si se va a conseguir o no un nuevo empleo y hasta cuándo podrá soportarse la nueva situación de no contar con ingresos mensuales.

A esta conmoción individual de cada nuevo parado hay que añadir la de todos los que están en su entorno. En primer lugar, la de los que dependían directa o indirectamente de sus ingresos. Y no solo por el indudable menoscabo de sus ingresos y la incertidumbre que rodea a su hipotética recuperación, sino también por el grado de contagio que puede provocar el sufrimiento personal del desempleado entre sus allegados. Desde que se entra en la indeseable condición de parado se sabe con certeza lo que se ha perdido: el trabajo y la remuneración; se adivinan las consecuencias económicas: aumento de las dificultades para poder satisfacer dignamente las necesidades vitales; y se desconoce por completo si se volverá a encontrar trabajo. De una situación de aparente normalidad se pasa así inevitablemente a otra de deterioro económico y personal que afecta al implicado y a los que conviven con él.

Las nefastas consecuencias que se esconden tras cada vida que engrosa esas cifras se extienden inevitablemente a los que trabajan con cada despedido: el temor a ser el próximo se vuelve paralizante y acaba por ennegrecer y tornar en amenazante la atmósfera en la que se desenvolvían hasta entonces. En este drama que nos está tocando vivir creo que a más de uno le podría provocar una sonrisa sarcástica saber que el artículo 35 de nuestra Constitución dice textualmente que «todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo».

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