Archivo de la categoría ‘Ensayo’

Acompañar en la angustia

domingo, 28 abril, 2013
La voz de Galicia

En los tiempos de bonanza del primer lustro del presente siglo, los García, una familia de clase media integrada por los dos progenitores y sus tres hijos comunes, vivían con una asentada sensación de seguridad. Moraban en un piso alquilado de un barrio no muy alejado del centro de su ciudad, y los sueldos fijos del matrimonio y de su hijo mayor eran suficientes para que no pasaran agobios económicos.

Su desahogada posición, la buena marcha de la economía y la atmósfera eufórica que se respiraba, les hizo creer que había llegado el momento de comprar la vivienda modesta de sus sueños. La machacona insistencia del director de la sucursal bancaria en la que tenía domiciliadas sus nóminas acabó por convencerlos de que pidieran un crédito para comprarse un piso, cuya devolución aseguraron mediante la constitución de una hipoteca. De tal suerte que, en el supuesto poco probable -en palabras del director- de que no pudieran devolver el préstamo, responderían con el valor de la vivienda.

Desafortunadamente, aquellos tiempos dieron paso a otros en los que una crisis financiera imprevisible y la consiguiente caída de la financiación provocaron el cierre de numerosas empresas y un aumento alarmante e imparable del desempleo. El primero en perder su puesto de trabajo fue el señor García al cerrar la pequeña constructora subcontratista en la que trabajaba de administrativo. Meses más tarde fue despedida su esposa al entrar en liquidación la compañía de limpieza en la que estaba empleada. Y apenas un año después le tocó el turno al primogénito, que era delineante en un pequeño estudio de arquitectura.

El impago de las cuotas del préstamo desembocó en la ejecución de la hipoteca, a pesar de lo cual no se canceló íntegramente su deuda ya que lo que se obtuvo por el piso en la subasta no fue suficiente para cubrir la totalidad de lo que debían. Con ser seriamente preocupante su situación económica, no fue lo peor que les sucedió. Empezaron a tener dificultades para obtener lo imprescindible para el sustento diario de la familia. En un primer momento, y tras vencer el sentimiento de pudor propio del que siempre ha podido valerse por sí mismo, pidieron ayuda a la familia que vivía en el pueblo y a los amigos más íntimos.

Las cosas se torcieron del todo cuando empezaron a notar que también estos se encontraban en dificultades. El paso siguiente fue pensar en una institución de caridad. Como hasta entonces no habían frecuentado la parroquia, temieron que les negarían la ayuda. Pero nadie les preguntó sobre sus creencias, solo se aseguraron de la certeza de su desesperada situación. Hubo, sin embargo, algo todavía mejor y más emocionante. En aquella institución de caridad, además de ayuda material, los acompañaron espiritualmente: estuvieron siempre a su lado en la asfixiante angustia que atenazaba su alma desde que el destino los había privado de lo poco que les había dado hasta entonces.

 

El ritmo de la vida en la madurez

lunes, 8 abril, 2013
ABC “La Tercera”

En su magistral novela “El amor en los tiempos del cólera” García Márquez pone en boca del doctor Urbino Daza dos reflexiones sobre el ritmo de la vida en el momento de la madurez. La primera es que “la humanidad, como los ejércitos en campaña, avanza a la velocidad del más lento”, y la segunda que “los viejos, entre viejos, son menos viejos”. Aunque estoy de acuerdo en general con ambas afirmaciones, requieren algunas consideraciones.

El primer pensamiento del genial escritor colombiano confronta los dos ritmos extremos a los que puede progresar la humanidad: el más rápido y el más lento, para extraer la abrupta y despiadada conclusión –que también alcanza el doctor Urbino Daza- de que aquélla podría avanzar a más velocidad sin el estorbo de los ancianos. La afirmación puede ser tan áspera como cierta, pero entiendo que lo que hay que preguntarse no es cómo se avanza más rápido, sino si vivir aceleradamente es un valor en sí mismo. Hoy vivimos a un ritmo vertiginoso sin que exista una justificación razonable. En la hedonista vida moderna, no dejamos de correr, aunque la carrera sea más para conseguir cosas que formación espiritual. Y claro, al acelerar atolondradamente la cadencia vital, se nota mucho más la lentitud de los que van a menos paso. Pero la cuestión en este punto no es el ritmo al que van los más lentos, sino si tiene mucho sentido que los de paso más rápido vayan tan de prisa para conseguir tres o cuatro cosas más. Por eso, pienso que si viviéramos menos desbocadamente, la lenta sabiduría de la vejez nos parecería menos estorbo.

También se puede estar de acuerdo con que los viejos, entre viejos, son menos viejos. Pero siempre que esta idea no se entienda en el sentido de propugnar un apartamiento por edades para desgajar a los de más edad del grupo de los más jóvenes, sino justamente en el entendimiento de que aquéllos pasen una parte de su jornada diaria con personas de su misma generación. Porque lo que se persigue es que se auxilien en sus soledades, en sus silencios, en sus miradas desgastadas por la vida y, si fuera el caso, que den oportunidad a alguna nueva ilusión, porque es el cuerpo el que se desgasta, no el alma. En este punto, más que plantear la disyuntiva de juntar o no a los viejos entre sí, se trata de que hacer todo lo posible para estén también con sus seres más queridos. La cuestión está, por tanto, no en sentirse menos viejos, sino mejor acompañados. Y es que sin la alegría que da la compañía de los nuestros el alma acaba desangrándose paulatinamente.

Para completar las reflexiones de García Márquez sobre el ritmo de la vida en la madurez, voy a permitirme el atrevimiento de hacer otra consideración que tiene que ver con lo poco que aprovechamos la sabiduría de los que alcanzan la edad longeva. En la vida alocada de hoy recurrimos muy pocas veces a unas personas muy juiciosas que suelen estar muy cerca de nosotros. Me refiero a los que denomino “sabios del bastón”, esto es, esas personas, que podemos encontrar con frecuencia en nuestros pueblos y ciudades, sentadas en las plazas o ante las puertas de sus casas, y que llevan, como símbolo de su autoridad, un cayado, en el que suelen apoyar sus manos, haciendo reposar su cabeza sobre ellas.

Los sabios del bastón suelen reflejar en su rostro la larga vida que llevan consumida y, si se les mira atentamente a los ojos, se ve que emana de ellos una gran sabiduría, adquirida principalmente a través de la experiencia y la observación. La experiencia, les habrá hecho reparar en que la vida humana es, como ha dicho Rom Harré, “una mezcolanza errática, a veces irracional e inexplicable en apariencia, de lo maravilloso y lo horrible”. Y la observación, les habrá permitido obtener un fruto de extraordinario valor: conocer a las personas.

Estos sujetos hablan poco y, al contrario de lo que nos ocurre a la mayoría, les gusta escuchar a los demás antes que oírse a sí mismos. Pero cuando hablan, saben muy bien lo que dicen. Por eso, si en este mundo alguien tuviera el poder de hacer callar por un instante a todos los que estuvieran hablando sin saber, la voz de aquéllos sería una de las pocas que romperían el profundo silencio en que habría quedado sumido nuestro planeta. Pero los sabios del bastón sólo enseñan a vivir, no reparten bienes materiales. Se limitan a resumir con pocas palabras sus reflexiones sobre los distintos problemas de nuestras vidas. Pero que nos enseñen a vivir, es algo que no suele interesarnos. Tenemos tan alto concepto de nosotros mismos, que entre aprender o enseñar nos sentimos más preparados para esto último. Con lo listos que nos creemos, los consejos de los sabios del bastón no pueden ser más que “rollos” que nos hacen peder nuestro escaso y “valioso” tiempo.

La consecuencia es que estamos desperdiciando a los sabios de la vida, a los que atesoran lo más difícil de aprender, que es saber vivir. Pasamos a su lado sin detenernos, no ya a escucharlos, es que ni siquiera los miramos. Somos tan necios que los hemos apartado de nuestras vidas. Tal vez, porque sólo vemos en ellos el resultado que produce la edad en el cuerpo, sin reparar, en cambio, lo que acontece en su alma que está repleta de sabiduría. Estamos tan ciegos que mereceríamos que nos dieran con su bastón, para ver si así dejamos de ser ilusos sedientos de bienes materiales y nos aprovechamos de lo mucho que saben los longevos.

Por lo que tiene de bueno la madurez, no comparto la opinión de Oscar Wilde, cuando dice que la tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno es joven. Pero para que esto no suene a consuelo –porque soy de los se acercan a los últimos tramos de la vida- prefiero pensar con André Maurois que es preciso que los jóvenes sean injustos con los hombres maduros, porque si no, los imitarían y no se progresaría.

 

La sociedad Diábolo

lunes, 12 noviembre, 2012
La voz de Galicia

Aunque actualmente no se ven muchos, una gran parte de ustedes recordarán el juguete del diábolo, que consiste en dos semiesferas huecas, normalmente de caucho, unidas por su parte convexa por un eje, el cual se coloca sobre una cuerda atada a dos palillos sostenidos uno en cada mano para hacerlo girar sobre sí mismo. Pues bien, me permito recurrir a este antiguo juguete para visualizar los devastadores efectos de la crisis económica que estamos padeciendo.

El crecimiento económico de España que tuvo lugar desde la mitad del siglo pasado hasta finales del 2007 produjo el efecto de que creciera sensiblemente la clase media. Desde una perspectiva geométrica, se pasó paulatinamente de una sociedad piramidal con una amplia base de ciudadanos con pocos recursos y un vértice con pocos afortunados, a una sociedad cada vez más cilíndrica, en el sentido de que se fue engrosando de manera considerable el espacio que había entre la planta y la cúspide.

Pues bien, nuestra pavorosa situación económica ha convertido a la cilíndrica sociedad española en una sociedad diábolo: el cilindro se ha estrangulado por el centro, haciendo que crecieran los dos extremos. El aumento de la pobreza es indiscutible y, aunque no lo parezca, la crisis suele hacer más ricos a los que ya lo son. De tal suerte que la menor parte de la riqueza se distribuye ahora entre la mayor parte de los ciudadanos y la mayor parte de la riqueza entre unos pocos. Y en el medio, en el eje del diábolo, han quedado un reducido número de sujetos que cuentan con medios suficientes para sortear los implacables efectos de la crisis.

Cuando una sociedad tiende a la figura cilíndrica, el Estado suele subvenir a la generalidad de las necesidades de sus ciudadanos. Como los sistemas impositivos se nutren de la clase media, cuanto mejor es su situación económica más recauda el Estado y, consiguientemente, más son los fondos de que dispone para atender a los ciudadanos. Las cosas cambian cuando la sociedad evoluciona hacia el diábolo. El eje, que es la parte más estrecha, apenas ofrece un nicho de recaudación suficiente; y la semiesfera de la pobreza mal puede contribuir si carece incluso de lo necesario para subsistir. Es verdad que aún queda la esfera de la riqueza, pero es una práctica universal que los de esta parte del diábolo contribuyen con mucho menos de lo que les corresponde.

Pues bien, es en estos momentos cuando aparecen unas instituciones privadas, las benéficas, nutridas gracias a la generosidad de los ciudadanos, que, por amor y solidaridad al ser humano, llegan hasta donde no alcanza el ineficiente aparato del Estado. Como persona que dispone del privilegio de poder publicar en letra impresa sus sentimientos, muestro mi más profunda gratitud a todas estas instituciones benéficas por todo lo que hacen por los más necesitados. Y con la misma firmeza, muestro mi más hondo rechazo a quienes -incomprensiblemente desde la posición política que dice defender a los más necesitados- tienen la desfachatez y el descaro de censurarlas por motivos puramente religiosos. La subsistencia del ser humano es una parte esencial de su dignidad y está por encima de cualquier ideología

 

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