Babel y la globalización

La Voz de Galicia
Lunes, 29 de octubre de 2001

En su discurso del acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, que tuvo lugar el pasado viernes 26 de octubre, Georg Steiner lamentaba que hubiera desparecido la lengua “divina” de la creación, que fue única para toda la Humanidad hasta que tuvo lugar la construcción de Babel.

De mis estudios de bachillerato, recordaba, aunque no con mucha precisión, que la aparición de las distintas lenguas fue una especie de castigo por la soberbia del Hombre de querer construir una torre que llegara hasta el Cielo. Las palabras de Steiner me hicieron releer dicho episodio bíblico y en él aparece, con mucha nitidez, otra razón, mucho más convincente que la del castigo divino, para explicar la existencia de una multiplicidad de lenguas diferentes.

En efecto, al parecer la lengua única hacía que los hombres de entonces se encontraran muy a gusto, todos juntos, en el mismo lugar. Lo cual dificultaba que se esparcieran por el resto de la Tierra. Por ello, cuenta la Biblia que Yahvéh “descendió” a Babel y confundió allí mismo la lengua de los hombres, de manera que el uno no entendiera el habla del otro. “Y de esta suerte los esparció el Señor desde aquel lugar por todas las tierras, y cesaron de edificar la ciudad”. Si se tiene en cuenta lo que dice la Biblia, en el origen de la diversidad de las lenguas está, pues, antes que cualquier otra razón, la necesidad de poblar el planeta.

No estoy en disposición de asegurar si fue esta razón u otras, como el hambre o los factores climáticos, las que llevaron al hombre a ocupar los cinco continentes. Pero lo que sí se puede afirmar es que hoy el hombre está suficientemente esparcido por la Tierra y que habla múltiples lenguas, que son muy diferentes entre sí.

Así las cosas, las preguntas surgen por sí solas. Efectuada ya la expansión del hombre por el planeta ¿es el momento de volver a la lengua única?, ¿debe el hombre renunciar a la inmensa riqueza de la multiplicidad de las lenguas?

Tal vez movido por ese recuerdo atávico de la lengua única, el hombre, al tiempo que ocupaba el planeta, no dejó de buscar la comunicación global. En el momento actual, en la que se comienza a llamar la era de la globalización, ya tiene a su disposición los medios tecnológicos necesarios para hacer posible que se comuniquen personas desde los más alejados lugares. Pero, naturalmente, además del medio, hace falta un lenguaje común que permita el entendimiento recíproco.

En algunos ámbitos, y tal vez en aquellos a los que el hombre actual concede mayor importancia, ya se viene utilizando una lengua común: el angloamericano. Como dijo Steiner en su discurso, la utilización del angloamericano, como lengua única, viene facilitando “enormemente el comercio internacional, el progreso conjunto de la ciencia, el almacenamiento de la información, la organización del ocio y del deporte a escala global y el viajar”. Esta conversión del angloamericano en la lengua común predominante no parece que tienda a detenerse, sino a extenderse cada vez con mayor fuerza. Lo cual nos debe llevar al convencimiento de que el progresivo avance de la lengua única supone en la misma medida una seria amenaza para la supervivencia de las demás.

No debe extrañar, pues, que la expansión del angloamericano vaya acompañada de movimientos de fomento y exaltación de las lenguas propias. Apreciar la riqueza que representa una lengua, es el resultado de un proceso intelectual que no está al alcance de la generalidad. Por eso, en muchas ocasiones, hay quienes, sobre todo en el ámbito de la política, ligan la pervivencia de la lengua a valores étnicos que son más fácilmente comprensibles. De tal suerte que exaltando las diferencias raciales y anudándolas a la lengua propia, la defensa de aquéllas acaba por suponer un fuerte incentivo en el mantenimiento y desarrollo de ésta. En estos casos, lo que se consigue con el legítimo deseo de la pervivencia de la lengua propia puede verse empañado por el aumento de la “irracionalidad” que suele acompañar a todo movimiento de exaltación de las peculiaridades étnicas. Es tal vez por esto, por lo que Steiner habla de “los nefastos efectos de la utilización de la identidad lingüística como vehículo de conflictos étnicos”.

¿Cuál es, entonces, la solución para que, sin oponerse al deseable avance de una lengua global común, se puedan conservar las otras? La cuestión no es nada fácil y, como en casi todo, hay que buscar una solución basada en el ejercicio de una libertad  equilibrada. Desde luego, hay de defender con energía el derecho fundamental de todo ser humano a poder hablar en la lengua en la que mejor se expresa, que no es otra que su lengua materna. A partir de ahí, me convencen las conclusiones de Steiner: “Sólo la educación y el multilingüismo alentado desde la infancia, ofrece alguna posibilidad de solución”. Siempre que, claro está, exista libertad de elección en el multilingüismo.

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