Arte moderno e ingeniería financiera

La Voz de Galicia
Domingo, 4 de enero de 2009

Hasta hace poco tiempo, en el mundo de las finanzas, el dios “Dinero” –al que no se le conocen ateos y sus creyentes son fanáticos- reinaba acompañado por sus dos principales sacerdotisas: “Confianza” y “Solvencia”. Y sus pastores, una inmensa legión de intermediarios, trajeados, encorbatados y engominados, se lanzaban cada día a vender a los crédulos inversores (fondos de inversión, fondos de pensiones, entidades bancarias e inversores particulares) bonos, titularizaciones de crédito y otros productos financieros altamente sofisticados, convencidos de la bondad de los activos que negociaban.

Mientras había confianza en el sistema, nadie osaba poner en duda el valor de tales activos financieros, porque su solvencia había sido garantizada por el “gurú” de turno (la correspondiente agencia de calificación de riesgo o algún Madoff). Y tal valoración, fijada muchas veces sin tener en cuenta la solvencia del deudor final, hacía que los capitales financieros circularan entre los inversores a gran velocidad, dejando en cada cambio de manos jugosas comisiones para aquellos intermediarios. La enorme bola que rodaba vertiginosa y arriesgadamente por el ancho campo de la economía globalizada no era fácil de detener, porque mientras que las inversiones siguieran circulando todos los implicados ganaban. Pero llegó un momento, cuando estalló la crisis de las “hipotecas subprime”, en el que la magia abandonó a estos prestidigitadores. La progresiva subida de intereses acabó descubriendo el truco: como los deudores finales de los productos financieros carecían de solvencia, dejaron de pagar e hicieron caer por tierra el valor de dichos activos. El final de este gigantesco despropósito es bien conocido: los Estados de los países más desarrollados han tenido que acudir en ayuda del sistema financiero mundial para tratar de evitar una crisis de consecuencias impredecibles.

Aunque todas las comparaciones son odiosas, algo parecido puede llegar a pasar con algunas obras –nótese que no hablo de todas- del llamado arte moderno. Me refiero a ciertas creaciones que resultan incompresibles para la gran mayoría de los ciudadanos; o que denotan escasa capacidad creativa y destreza en el manejo del arte de pintar o de esculpir; o que solamente revelan ciertas dosis de imaginación; o, en fin, que son fruto de un exagerado snobismo de sus autores. Muchas de ellas ocupan lugares de privilegio en los museos de arte moderno, pero no porque hayan recibido el reconocimiento y la admiración de la generalidad –que no suele entenderlas-, sino simplemente porque los “gurús” del sector las han calificado como tales. Hay también aquí alguien que garantiza la solvencia “artística” del autor y un tráfico dinerario de ingentes cuantías basado en la confianza que tienen los inversores en la supuesta genialidad de los autores de las obras certificadas.

Las coincidencias entre estos dos mundos inducen a pensar que  con cierto arte moderno puede llegar a ocurrir algo parecido a lo de la ingeniería financiera. Pero, de suceder, no habría ni una sola razón para justificar una ayuda del Estado con el dinero de todos.

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