Algunas reflexiones sobre la crisis

La Voz de Galicia
Domingo, 12 de octubre de 2008

En una entrevista publicada hace algo más de 6 meses, el filósofo argentino Mario Bunge hablaba de la principal causa de la recesión norteamericana, de lo erróneo de su tratamiento y de una posible  solución. La crisis estaba causada fundamentalmente por el hábito de consumir sin fijarse en la deuda, y añadía que el norteamericano medio debe a su tarjeta crédito alrededor de 10.000 dólares de promedio. El tratamiento erróneo había consistido en bajar el tipo de interés para que la gente pudiera pedir más dinero prestado, lo cual, lejos de arreglar la situación, la empeoraba: era como si para desintoxicar a alguien se le diera más tóxico. Y la posible solución que ofrecía era educar a la gente desde la escuela instándola a no endeudarse innecesariamente.

Es muy posible que entre las causas de la crisis financiera norteamericana -que es a la que parecía referirse Bunge- esté el excesivo endeudamiento de los ciudadanos. Pero antes de este eslabón final de la cadena hay muchos otros que tienen mayor responsabilidad. Entre ellos, cabe citar, en primer lugar, a las propias entidades de crédito, que son la otra parte contratante en las operaciones de concesión de crédito. Porque para que un ciudadano obtenga dinero a crédito tiene que haber por fuerza alguien que se lo conceda. Pero con una importante diferencia entre ambos: mientras el ciudadano puede pedir crédito incluso de un modo irresponsable, la entidad es un mediador profesional que debe actuar con la debida diligencia para no excederse.

Tampoco puede dejarse al margen a esa legión de “intermediarios”, con inclusión de los más altos ejecutivos, que se dedican a la “ingeniería” de nuevos productos financieros, que logran colocar primeramente a las entidades de crédito (cosa que les ayuda a cobrar sus importantes “bonus anuales”), las cuales los acaban cediendo a sus mejores clientes, mediante la percepción de elevadas comisiones. Claro que todo esto no sería posible si no hubiera unas entidades encargadas de “calificar” la solvencia de los productos financieros ajenos, asignándoles una valoración que venía a garantizar la bondad de los mismos. Y en el final de la cadena aparecen las autoridades estatales encargadas de la vigilancia y supervisión de las entidades de crédito, de cuya eficaz labor acaba dependiendo el buen funcionamiento de algo tan sensible y acobardado como es el mundo del dinero.

En cuanto a las soluciones, sin dejar de confiar ciegamente en la importante labor de educar a la gente desde la escuela (pero a todos, y no sólo a los ciudadanos consumidores), es urgente encontrar otros remedios más rápidos para salir de la crisis. El principal parece ser, por lo que dicen los expertos, recuperar la confianza. Pero, ¿en quién? ¿En toda esa cadena de irresponsables? ¿En el sistema que nos ha conducido a este desastre? ¿En los políticos que no han sabido atajarlo a tiempo? Desde luego, la cuestión es compleja, pero seguro que hay alguien que está cobrando –y no poco- por dar con la solución. ¡Ojalá que la encuentre muy pronto, porque el barco se está hundiendo!

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