Al fin del camino

La Voz de Galicia
Domingo, 5 de agosto de 2001

Cuando llegue al final de mi camino, te esperaré, sentado en el bordillo. Me has acompañado desde que nací. O, mejor aún: desde que comencé a ser. Pero me ocupé de ti menos que de mi sombra. ¡Tan dentro de mí y, sin embargo, qué ajeno fui a tu presencia!

Nadie ha podido verte jamás y, aún así, no has dejado de ser la mayor preocupación de los humanos, que han pensado, hablado, reflexionado, y escrito sobre ti en innumerables ocasiones y en todas las lenguas. Y, a pesar de no haber dejado de posarte en cada vida, todavía sigues siendo inaprensible.

Se ha escrito que creer en ti es lo específico del hombre frente a los animales. Pero qué importa eso, si tú alcanzas al uno y a los otros. Se ha escrito que tener consciencia de ti es lo que diferencia la madurez del infantilismo. Pero qué importa eso, si tú no eliges por edades. Se ha escrito que no eres tema de jóvenes, porque sienten que vivirán eternamente. Pero qué importa eso, si tú no te mueves por sentimientos. Y se ha escrito, finalmente, que es la verdad de nuestra temporalidad la que nos hace humanos. Pero qué importa eso, si precisamente tú impides que seamos eternos. Todo lo que hemos escrito sobre ti, es, pues, para nosotros. Porque tú ni sabes leer nuestros escritos, ni te importan.

Dicen que eres traicionera. Pero no estoy muy seguro de que lo seas. Porque todos saben que vendrás. Sobre esto no hay duda. Y donde hay certeza, apenas queda espacio para la traición. Tal vez se quiere decir que, a veces, te presentas inesperadamente. Pero que te espere o no el elegido, o los que todavía se quedan, no es cosa tuya, sino de ellos.

Se dice que tienes una voracidad sin límites. Que te vale cualquier vida y que has de llevarte todas. Que en tu orden, no haces distingos. Que no te atienes a lo que haya durado cada vida, ni a cómo se haya aprovechado. Que te mueves por un único criterio: el de poner fin indefectiblemente a todo lo que vive. Y que, en suma, eres la prueba irrefutable de que la vida es un préstamo de tiempo, que vence de un modo inexorable y que ha de devolverse sin remedio.

Desde muy pronto advertimos, que te puedes presentar de muchas maneras diferentes. Pero, de todas ellas, la peor es cuando envías por delante la agonía. Porque da tiempo a comprobar cómo te apoderas paulatinamente de tu presa, de su cuerpo y de su alma. Porque se puede observar cómo la vida inicia un camino sin retorno, que culmina con la desintegración del intelecto y la materia. El rostro palidece, la piel de la cara apenas hace algo más que cubrir los huesos, los ojos pierden brillo y se hunden en las cuencas, éstas se oscurecen, en la boca aparece un rictus tenebroso y hasta el respirar, generalmente inadvertido, se hace notar, entrecortado, con sonidos roncos y desacompasados. En el espíritu, la agonía produce interferencias en la razón y las ideas acaban encadenándose a palabras que, expresadas, carecen de sentido. ¡Cuesta creer el inmenso ocaso en que se sume tan perfecta máquina de razonamientos!

Pero volviendo a mí, he de decirte que nunca, como hasta hoy, te había sentido tan cerca. Aunque no venías a por mí, sino a por otro. Hasta ese momento, había visto imágenes, no de ti, porque eres invisible, sino de lo que dejas tras partir con la vida que te llevas. Hoy, a pesar de haber estado tan próximos, tampoco yo he podido verte. Y eso que estuve muy atento cuando se extinguió el último suspiro de la vida que velaba. Pero sólo pude ver que esa vida simplemente dejó de ser, que no quedó nada en su lugar. Por tal razón, he llegado a preguntarme si de verdad eres algo o solamente su ausencia. Y, por fin, he encontrado una respuesta: tú no existes, sólo representas el punto final de cada existencia. Por eso, no te podemos ver. Porque te solapas con el último suspiro de la vida.

Por todo ello, cuando llegue mi momento, y haya cumplido ampliamente mi tarea de vivir, te esperaré, sin miedo, al borde del camino. Pero no por ser valiente, sino porque no se debe temer a algo que no existe, que es simplemente la ausencia de la fuerza sustancial que hemos tenido.

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