Acompañar en la angustia

La voz de Galicia

En los tiempos de bonanza del primer lustro del presente siglo, los García, una familia de clase media integrada por los dos progenitores y sus tres hijos comunes, vivían con una asentada sensación de seguridad. Moraban en un piso alquilado de un barrio no muy alejado del centro de su ciudad, y los sueldos fijos del matrimonio y de su hijo mayor eran suficientes para que no pasaran agobios económicos.

Su desahogada posición, la buena marcha de la economía y la atmósfera eufórica que se respiraba, les hizo creer que había llegado el momento de comprar la vivienda modesta de sus sueños. La machacona insistencia del director de la sucursal bancaria en la que tenía domiciliadas sus nóminas acabó por convencerlos de que pidieran un crédito para comprarse un piso, cuya devolución aseguraron mediante la constitución de una hipoteca. De tal suerte que, en el supuesto poco probable -en palabras del director- de que no pudieran devolver el préstamo, responderían con el valor de la vivienda.

Desafortunadamente, aquellos tiempos dieron paso a otros en los que una crisis financiera imprevisible y la consiguiente caída de la financiación provocaron el cierre de numerosas empresas y un aumento alarmante e imparable del desempleo. El primero en perder su puesto de trabajo fue el señor García al cerrar la pequeña constructora subcontratista en la que trabajaba de administrativo. Meses más tarde fue despedida su esposa al entrar en liquidación la compañía de limpieza en la que estaba empleada. Y apenas un año después le tocó el turno al primogénito, que era delineante en un pequeño estudio de arquitectura.

El impago de las cuotas del préstamo desembocó en la ejecución de la hipoteca, a pesar de lo cual no se canceló íntegramente su deuda ya que lo que se obtuvo por el piso en la subasta no fue suficiente para cubrir la totalidad de lo que debían. Con ser seriamente preocupante su situación económica, no fue lo peor que les sucedió. Empezaron a tener dificultades para obtener lo imprescindible para el sustento diario de la familia. En un primer momento, y tras vencer el sentimiento de pudor propio del que siempre ha podido valerse por sí mismo, pidieron ayuda a la familia que vivía en el pueblo y a los amigos más íntimos.

Las cosas se torcieron del todo cuando empezaron a notar que también estos se encontraban en dificultades. El paso siguiente fue pensar en una institución de caridad. Como hasta entonces no habían frecuentado la parroquia, temieron que les negarían la ayuda. Pero nadie les preguntó sobre sus creencias, solo se aseguraron de la certeza de su desesperada situación. Hubo, sin embargo, algo todavía mejor y más emocionante. En aquella institución de caridad, además de ayuda material, los acompañaron espiritualmente: estuvieron siempre a su lado en la asfixiante angustia que atenazaba su alma desde que el destino los había privado de lo poco que les había dado hasta entonces.

 

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