La crisis económica y la peste

La Voz de Galicia
Sábado 26 de septiembre de 2009

En La peste, Albert Camus hace pensar al doctor Rieux que las medidas oficiales que se habían tomado en Orán desde la aparición de los primeros indicios de la peste eran insuficientes, y que «si la epidemia no se detenía por sí misma, era seguro que no sería vencida por las medidas que la Administración había imaginado». Algo parecido puede decirse de la acuciante crisis económica en la que estamos inmersos, que, por exagerado que parezca, puede ser considerada como una verdadera peste. Sobre todo, si se toma esta palabra no en su primera acepción de «enfermedad contagiosa y grave que causa gran mortandad», sino en la de «cualquier cosa mala que puede ocasionar grave daño». Porque no parece que pueda ponerse en duda que la situación de recesión en la que se encuentra nuestra economía con el consiguiente aumento del paro es un mal que nos está causando un grave daño.

Por eso, se puede pensar, como Rieux, que las primeras medidas oficiales que se tomaron desde que se inició la crisis no han servido para hacernos salir de ella. Y que, después de dos años, si no se soluciona por sí sola, no parece que vaya a ser vencida por las ulteriores medidas que constantemente viene anunciando, desde entonces, nuestra Administración. La situación es, por tanto, preocupante y las perspectivas de que mejoremos muy escasas.

Es verdad que hay países de la eurozona, como Francia y Alemania, cuyos últimos datos revelan que sus economías han comenzado a crecer, aunque sea ligeramente. Lo cual podría llevar a algunos a creer que la solución de nuestra crisis vendrá de fuera: no importa lo que hagamos porque el crecimiento de los países líderes de la Unión Europea acabará por producir el efecto milagroso de contagiárnoslo a nosotros.

Aunque pueda parecer sorprendente, puede suceder que el crecimiento de otros países europeos llegue a perjudicarnos sensiblemente, en lugar de beneficiarnos. Sobre todo, si a ello se une la inminente subida de impuestos que piensa adoptar nuestro Gobierno. En el momento presente las economías familiares se vienen defendiendo, con mayores o menores dificultades, porque los tipos de interés están bajos y porque la fuerte contracción de la demanda ha provocado una notable disminución de los precios. Por decirlo llanamente, hay poco dinero, pero como los intereses y los precios están bajos vamos capeando el temporal.

Pero si comienzan a crecer las economías de los países europeos, es lógico esperar del Banco Central Europeo que aumente los tipos de interés, lo cual se traducirá en un inevitable encarecimiento del dinero, también para nosotros. Si a ello se une el incremento de los precios que provoca toda subida de impuestos (sobre todo cuando son los indirectos, como el IVA), es claro que se dificultará hasta tal punto nuestro consumo interno que nos será sumamente difícil salir de la situación de estancamiento. Por eso, los que saben de esto recomiendan una profunda reestructuración de nuestra economía que aumente la competitividad. Pero ¿quién se atreve a ello.

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